Vivimos en una sociedad donde la religión parece que haya perdido su lugar como organizador de la vida personal, familiar o social. Muchas veces, solo son protocolos que acontecen en diferentes momentos de la vida de una persona, como bautizar a los hijos, por inercia y costumbre; para alejarse discretamente con el paso de los años, y solo invocar la fe cuando se enfrentan adversidades.

