Algunas de las últimas Benitas recordaban cómo, en la década de 1950, ellas mismas habían ayudado a los pintores de la empresa Viscasillas-Sanjuán a blanquear las paredes de la iglesia de San Ginés y a barnizar la sillería del coro. Podría parecer extraño que, en pleno franquismo, unas monjas de clausura se codearan con pintores laicos, pero en las Benitas aquello era casi más la norma que la excepción: las monjas no solo rezaban, bordaban y encuadernaban, sino que también se empleaban a fondo con la brocha, la paleta y, cuando tocaba, con capazos llenos de escombros para reformar su monasterio.








