La aparición de juguetes con IA capaces de conversar con niños pone sobre la mesa la relación entre tecnología e infancia.
La aparición de juguetes con IA capaces de conversar con niños pone sobre la mesa la relación entre tecnología e infancia.
La inteligencia artificial avanza a una velocidad inédita. El desafío ya no es solo técnico, sino social: ¿sabemos poner límites antes de que su poder nos desborde como sociedad?
Que una IA opere bajo reglas morales puede parecer un dilema nuevo, aunque en realidad es una pregunta antigua: cómo poner límites cuando surge una nueva forma de poder.
El debate sobre la IA y el empleo suele plantearse como una ruptura inédita. Sin embargo, la historia del trabajo demuestra que el problema nunca ha sido el cambio, sino cómo las sociedades lo atraviesan.
La IA ya está lista para transformar las empresas. El problema es que muchas organizaciones siguen ancladas en estructuras que la bloquean.
La IA entra en su edad adulta: menos promesas y más integración. En 2026, la IA deja de ser un juguete para convertirse en infraestructura.
Los robots domésticos están a la vuelta de la esquina. Su evolución plantea una pregunta incómoda: qué ocurrirá con los trabajos precarios cuando la automatización cruce la puerta de casa.
La IA no solo acelera la medicina: está cambiando la forma en que se investiga el cáncer, cómo se toman decisiones clínicas y cómo entendemos la enfermedad y sus posibles futuros.
La IA (inteligencia artificial) está empezando a influir no solo en lo que hacemos, sino en cómo decidimos. Y ese matiz, discreto pero profundo, abre un nuevo escenario para nuestra relación con la tecnología. Hace unos días, OpenAI presentó «Shopping Research», una nueva función de ChatGPT capaz de convertir una conversación en una guía de compra personalizada. La novedad introduce un cambio en cómo tomamos decisiones de consumo con ayuda de la IA (inteligencia artificial).