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Etiqueta: Reflexiones desordenadas

Cuando la tecnología redefine el sistema

En el artículo anterior hablábamos de energía. De cómo la IA (inteligencia artificial) sigue creciendo de forma exponencial, pero ese crecimiento empieza a chocar con un límite físico: la energía necesaria para sostenerlo. Es ahí donde cambia la naturaleza del problema. Cuando un crecimiento exponencial depende de recursos críticos a gran escala, deja de ser solo una innovación y pasa a depender de la capacidad para sostenerlo.

La energía: el límite invisible de la IA

En artículos anteriores explicaba que la IA (inteligencia artificial) crece de forma exponencial. Primero en capacidad de cálculo. Después en generación de datos. Más recientemente, ese crecimiento empieza a trasladarse al mundo físico. Y todo ello se sostiene gracias a un factor central: la energía.

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Cuando la exponencialidad empieza a curar

La inteligencia artificial ha comenzado a trasladar su crecimiento exponencial al ámbito biomédico, abriendo una nueva etapa en el diseño de medicamentos. Tras avances como la predicción de estructuras proteicas con AlphaFold, iniciativas como Isomorphic Labs permiten simular la creación y comportamiento de moléculas en entornos virtuales, acelerando un proceso tradicionalmente lento y basado en ensayo y error. Este cambio no solo incrementa la velocidad, sino que amplía de forma inédita el campo de investigación, al explorar combinaciones químicas que superan la capacidad humana. Aunque los ensayos clínicos seguirán siendo imprescindibles, el foco se desplaza ahora hacia la validación, en un escenario donde la IA redefine los límites del descubrimiento científico.

La nueva fase de la exponencialidad

En el artículo anterior explicaba que la IA (inteligencia artificial) es diferente a todas las revoluciones anteriores por una razón concreta: crece de forma exponencial. No avanza paso a paso, se multiplica. Pero esa multiplicación necesita algo esencial: datos.

La IA y el poder de la exponencialidad

A lo largo de la historia, la humanidad ha vivido grandes revoluciones. El fuego nos permitió protegernos, cocinar los alimentos y prolongar el tiempo de convivencia más allá de las horas diurnas. La agricultura y la ganadería hicieron posible la construcción de sociedades estables. La máquina de vapor multiplicó la producción. La electricidad transformó las ciudades. Internet conectó el planeta. Todas estas revoluciones cambiaron el rumbo de la humanidad, sin embargo, ninguna creció al ritmo al que lo hace la IA (inteligencia artificial).