Este texto que a continuación se reproduce —y que el lector podrá recorrer como si se encontrara en el espacio ferial del Parque Grande escuchando atentamente a Francisco Ferrer Lerín— no es, en sentido estricto, el pregón inaugural de la XXXII Feria del Libro de Zaragoza que tuvo lugar el pasado sábado 31 de mayo. O, al menos, no lo es por completo.








