La irrupción de la inteligencia artificial no elimina la creatividad, pero sí transforma profundamente el oficio de crear al desplazar el valor desde la destreza técnica hacia el criterio, la intención y la capacidad de dirección artística; en un contexto donde la ejecución puede automatizarse, el mérito creativo se redefine en torno a la mirada propia, la selección y la responsabilidad sobre lo producido, abriendo un debate que afecta tanto a la autoría como al reconocimiento profesional y que obliga a repensar qué aportamos realmente cuando hacer, por sí solo, ya no basta








