Hasta ahora, atribuir una obra resultaba relativamente sencillo. Podían discutirse las influencias, las referencias o los préstamos, pero seguía habiendo una figura clara a la que atribuir el resultado. La IA introduce un cambio de lógica: el resultado ya no nace del todo de una ejecución directa, pero tampoco de una voluntad autónoma. Y esa zona intermedia obliga a replantear cómo entendemos la autoría.



