Es una escena que pasa casi desapercibida, como tantas otras tradiciones que muchas veces se repiten sin necesidad de explicaciones. Cuando el paso de la Coronación de Espinas alcanzó la plaza de la Catedral, a las once en punto de la noche, la verja de la lonja pequeña se cerró. No hubo ningún anuncio ni gesto solemne: simplemente sucedió. El párroco de la catedral, Miguel Domec, acompañado por el sacerdote Adilson de Jesús Pereira, echó el cerrojo con naturalidad, como quien cumple con un rito heredado y aprendido. “Viene de siempre”, explica Domec, en esa expresión que, más que precisar un origen, confirma su arraigo. Es una costumbre poco conocida incluso entre los propios jacetanos, pero cargada de sentido simbólico: un umbral que se clausura mientras el paso avanza, como si la ciudad se recogiera ante el tránsito del dolor.





