Se ha ido ligero de equipaje a pesar de ser un hijo de la montaña, se ha ido discretamente, sin molestar, como queriéndonos hacer que el adiós fuera más corto y llevadero. Pero no, Javier, no. Rodeado de plantas y de poesía, recitaba a Machado y Lorca desde el alto de la escalera mientras renovaba la vida de los árboles de sus amigos, cerca del cielo y del sol. Y al bajar pisaba la tierra con determinación y seguía cuidando de los suyos, de la humanidad.



