El cine de terror opera en un espacio que transgrede los tabúes (violencia extrema, moralidad distorsionada, pulsiones primarias), expuestos sin filtros ni barnices, y sin posibilidad de malinterpretar el contenido. Porque este género presume de ser políticamente incorrecto. Sin la necesidad de justificarse, ni de que sus personajes deban redimirse o emitir juicios moralizantes, algo que siempre sucede en los dramas convencionales.







