Cada verano, con el retumbar de la música de comparsa y el aroma de las fiestas en el aire, una legión de pequeños corre entre risas, sustos y cancioncillas inocentes por las calles de Jaca. Huyen, claro, de unos personajes que no saben estarse quietos: los cabezudos. Pero lo hacen con una mezcla de temor y adoración que se hereda, como las fotos antiguas, como los refranes. Lo saben bien quienes, de niños, se asustaban con la Abueleta o con Popeye, y hoy se emocionan al ver a sus nietos tropezar por el casco histórico con idéntica alegría.
