Cada vez que una tecnología entra en el terreno de la creación, reaparece el mismo temor: que el oficio pierda valor, que la autenticidad se diluya y que la técnica invada un espacio que considerábamos profundamente humano. Hoy ese debate vuelve con la IA (inteligencia artificial). Pero la historia de la cultura sugiere que conviene mirarlo con menos alarma y más perspectiva.








