Dando vueltas por Jaca con el coche, me ha dado por fijarme en las rotondas de nuestra ciudad. Hay de todo: indignas, como las dos que hay en la subida al Carrefour; desconcertantes, como la de la entrada por Sabiñánigo, donde hay una escultura diminuta cuyo significado y valor artístico no pongo en duda, pero cuyo tamaño la hace inadecuada para dicho lugar; también las hay muy dignas como la de la gasolinera con sus olivos centenarios, y tenemos una extraordinaria, como es la plaza de los Sarrios, delante del Palacio de Congresos.



