La irrupción de la inteligencia artificial ha desplazado el foco del debate creativo: ya no se trata de si las máquinas pueden crear, sino de qué ocurre cuando crear deja de ser excepcional y pasa a ser accesible para todos. En este nuevo escenario, la abundancia de imágenes, textos y músicas no elimina la creatividad, pero sí diluye el valor de la mera producción, obligando a replantear los criterios de relevancia. La diferencia ya no está en generar, sino en seleccionar, orientar y sostener una voz propia capaz de destacar en un entorno saturado, donde el verdadero talento se mide cada vez más por la mirada, la intención y la coherencia.








