
Posthumanismo, imagen publicada en las redes sociales.
El humanismo moderno nació con el Discurso sobre la dignidad del hombre (1486) de Pico della Mirandola. En él se defiende la apasionante concepción renacentista del ser humano como alguien que: 1) ocupa un lugar central en el universo —¡casi nada!—, 2) supera la sumisión medieval y rechaza la tradición acríticamente asumida, 3) busca el saber para rebasar las fronteras lingüísticas, culturales y religiosas, 4) revaloriza la vida temporal, y 5) tiene un gran superpoder, la libertad, que le permite crearse a sí mismo y constituye la base de su dignidad.
Byung-Chul Han y Marina Garcés creen hoy, sin embargo, que, a causa de la crisis medioambiental, de la Inteligencia Artificial (IA) y de nuestra propia actitud, hemos perdido la esperanza, vivimos en un mundo póstumo y no somos capaces de soñar despiertos con una sociedad mejor. Ambos tienen algo de razón porque, como ya sucedió en el pasado tras el invento de la rueda, la imprenta o las vacunas, también nuestro mundo actual va a desaparecer. Pero lo que de verdad importa es que estamos creando otro en el que no sabemos si viviremos más libres o más solos.
Esta situación tiene raíces profundas y muy variadas. Para empezar, la confusión entre el ser humano en general y el blanco, occidental y heterosexual; en segundo lugar, la comprensión de que no somos personas solo por haber salido de un útero, sino, sobre todo, por haber vivido en un grupo social que nos ha dado una lengua y, con ella, un modo de entender el mundo y a nosotros mismos. Necesitamos en tercer lugar asumir el valor de otros animales, algunas de cuyas capacidades, sorprendentemente, superan las humanas y, finalmente, reconocer la creciente y cotidiana simbiosis actual de nuestros cuerpos con las máquinas.
Descreídos de la fe moderna en nosotros mismos, su lugar lo han ocupado las diversas tecnologías o, siendo por completo sinceros, quienes tienen la riqueza suficiente para controlarlas. Hoy la ciencia médica puede trasplantar nuestros órganos e incluso sustituirlos por otros procedentes de una especie diferente o por diversos ingenios mecánicos. ¿Quién no lleva o conoce a alguien, en el entorno del mundo desarrollado, con un marcapasos, implante coclear, prótesis de rodilla o de cadera, y, sobre todo, quién no se reconoce a sí mismo utilizando ese cerebro de bolsillo ajeno al propio, que llevamos siempre encima? Algunos creen que esas tecnologías se han integrado de tal manera en nosotros mismos que nos están haciendo perder nuestra humanidad, que nos están convirtiendo en otra cosa, quizás en auténticos personajes de ciencia ficción, tal como muestran algunos de los avatares que circulan por Internet.
La verdad es que el humanismo se ha creído siempre universal, pero ha sido solo particular, porque, invariablemente, ha rechazado o dejado de lado otras formas de vida, humanas y no humanas, también valiosas. El posthumanismo, sin embargo, como una bocanada de aire fresco, desoye la idea de que lo humano sea algo inalterable e intenta abrirse a maneras diferentes de serlo en comunidad con diversas personas, con el resto de la naturaleza, a la que también reconoce derechos, y con la tecnología.
Esa tecnología, que hoy avanza sin control público, ofrece grandes posibilidades médicas, jurídicas, astronómicas… Pero también implica riesgos económicos, éticos y de sentido. Nos dicen que los problemas económicos podrían no ser tan graves porque la IA permitirá producir los suficientes beneficios como para que pueda haber un salario adecuado para todos al margen del trabajo. Sin embargo, subsisten los problemas sociales y geográficos de distribución de la riqueza.
La cuestión realmente grave quizás sea de sentido, porque hasta ahora lo encontrábamos, fundamentalmente, mediante el reconocimiento que recibíamos por nuestro trabajo y mañana podríamos enfrentarnos a una epidemia silenciosa de irrelevancia: “lo que yo soy, mi experiencia, no le importa a nadie”. La tarea de las próximas décadas será la de descubrir el significado de una vida humana digna, significativa, en un mundo donde las máquinas harán casi todo lo que, aún ahora, da a nuestras vidas su estructura y su valor.
¡Es urgente! Necesitamos recuperar la confianza, la esperanza y la generosidad. Ellas podrían sacarnos de la apatía, ayudarnos a superar nuestro individualismo e invitarnos a adquirir los conocimientos y el sentido crítico necesarios para afrontar en común y con éxito los problemas de nuestro tiempo. De lo contrario, la alternativa al posthumanismo podría ser un mundo sin humanos.
