Para ver este sitio web deber tener activado JavaScript en tu navegador. Haz click aqui para ver como activar Javascript
Puesto de comida en la plaza Biscós en el mercado medieval de este año. MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Desde la perspectiva turística, atraer visitantes mediante diferentes actividades puede ser positivo. Un mercado medieval puede ayudar a dinamizar una ciudad, generar ambiente y ofrecer propuestas diferentes tanto a quienes nos visitan como a quienes vivimos aquí.

Pero cualquier actividad de estas características debería llevar aparejada una reflexión sobre sus costes y sobre cómo afecta al día a día de la ciudad.

En Jaca, un mercado medieval va más allá de la limpieza posterior, los olores o el aspecto que presentan durante unos días determinadas calles. Hay una realidad que merece ser escuchada: la de los comerciantes locales, aquellos que permanecen abiertos durante todo el año, pagan sus impuestos en Jaca y contribuyen diariamente a mantener vivas nuestras calles.

Durante este fin de semana, buena parte de la ciudad queda copada por puestos ambulantes. Jaca se transforma, se llena de visitantes y adquiere un aspecto diferente. Todo ello puede resultar atractivo. Sin embargo, cuesta entender por qué algunos puestos tienen que situarse tan cerca de comercios locales que ofrecen exactamente los mismos productos o servicios.

Si encontramos un puesto de juguetes junto a una tienda de juguetes de Jaca, o puestos de comida junto a establecimientos hosteleros que trabajan durante todo el año, es lógico que el comerciante local pueda sentirse perjudicado.



No se trata de estar en contra del mercado ni de quienes participan en él. Se trata de preguntarnos si puede organizarse de otra manera.

Quizá sería posible reubicar determinados puestos, distribuirlos mejor por la ciudad y evitar, en la medida de lo posible, que interfieran directamente con la actividad habitual de los comerciantes locales. También sería deseable reforzar la vigilancia sobre la limpieza, la higiene y las condiciones en las que se desarrolla la actividad.

Y hay otro aspecto que debería cuidarse especialmente: la artesanía.

Si uno de los atractivos para el visitante es encontrar productos artesanales diferentes, sería interesante que el mercado ofreciera realmente esa variedad. Si se anuncia un juguete artesanal, estaría bien que realmente lo fuera. Si se ofrecen jabones hechos a mano, que respondan verdaderamente a esa denominación.

También sería conveniente evitar la sensación de encontrarnos, una y otra vez, con los mismos productos, alimentos, aromas y juguetes que aparecen en tantos otros mercados medievales.

Las actividades complementarias, en cambio, pueden aportar mucho valor. Talleres, representaciones teatrales y propuestas culturales pueden atraer visitantes y hacer que el mercado sea algo más que una sucesión de puestos comerciales. La cuestión es si todo ello está bien equilibrado.

También habría que preguntarse hasta qué punto los ciudadanos de Jaca consideran asumible que, durante varios días y en pleno mes de septiembre, se limite el uso habitual de determinados espacios públicos, como parques y jardines. Y sería interesante conocer si todo este esfuerzo se traduce realmente en un beneficio para los comerciantes locales.

El turismo es positivo, pero el debate no debería centrarse únicamente en cuánta gente conseguimos atraer, sino también en qué tipo de turismo queremos, cómo lo distribuimos y a quién beneficia.

Una ciudad turística no puede olvidar a quienes viven y trabajan en ella durante los doce meses del año. El visitante debería encontrar una Jaca atractiva, cuidada y llena de actividades, pero los ciudadanos también deberían poder reconocer su ciudad y desarrollar su vida cotidiana con normalidad.

Por eso, quizá la pregunta no sea si queremos o no un mercado medieval, sino otra: ¿Podemos organizarlo de una manera que genere actividad turística sin perjudicar innecesariamente a quienes mantienen viva la ciudad durante todo el año?

Creo que sí. Con una mejor distribución de los puestos, una selección más cuidada de los productos, mayor atención a la limpieza y la higiene y una planificación que tenga en cuenta a comerciantes y vecinos, el mercado podría convertirse en una actividad beneficiosa para todos.

No es un ataque a quienes participan en él. Es simplemente una reflexión personal y una invitación a preguntarnos si siempre podemos hacerlo un poco mejor. Porque discrepar también forma parte de una ciudad viva.


Firmado:  EFRÉN COLOMINA ALEMANY
No Comments Yet

Comments are closed