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«La IA abre una nueva deslocalización: parte del valor, los datos y la infraestructura se desplazan hacia quienes controlan los modelos y la nube»

La cuestión no es solo quién utiliza la herramienta, sino quién posee la infraestructura sobre la que trabaja.

Cada vez más empresas usan IA para trabajar más rápido, automatizar procesos, analizar datos o reducir costes. A primera vista parece una cuestión de eficiencia: una herramienta para producir más con menos. Pero el debate no termina ahí. Cada mejora apoyada en IA también plantea una cuestión decisiva: quién controla la infraestructura que hace posible esa productividad.

La historia económica muestra que las grandes revoluciones no solo transforman el modo de producción, también dónde se concentran la riqueza y el poder. La revolución industrial llevó a las fábricas una producción que antes se realizaba en los talleres. La deslocalización del siglo XX movió industrias hacia territorios con menores costes: primero países como España recibieron fábricas europeas durante el desarrollismo; después, buena parte de esa producción viajó hacia China, el sudeste asiático o la India. La actividad no desaparecía. Cambiaba de lugar, y con ella también el empleo, los beneficios y el poder económico.

La IA introduce una nueva fase, menos visible pero más profunda. Ya no hablamos solo de fábricas que se trasladan para producir más barato. Hablamos de conocimiento, procesamiento de datos, software, nube o sistemas que organizan el trabajo. Una empresa española puede mejorar su productividad usando un modelo desarrollado en Estados Unidos, ejecutado en centros de datos de oriente medio y facturado desde un territorio con una fiscalidad más favorable.

El matiz es importante. No todo el valor se va fuera. Una parte de la mejora queda en el territorio y refuerza a la empresa que adopta la tecnología. Pero otra parte viaja hacia quienes controlan los modelos. Ahí está la paradoja: una economía puede modernizarse y hacerse más dependiente al mismo tiempo.

El discurso dominante presenta la adopción tecnológica como una carrera sencilla: quien use antes la IA será más competitivo. Es cierto, pero incompleto. La cuestión no es solo quién utiliza la herramienta, sino quién posee la infraestructura sobre la que trabaja. Un país puede llenar sus empresas de soluciones avanzadas y reforzar la posición de compañías situadas fuera de su territorio.



La deslocalización clásica era visible. Se cerraba una fábrica, se trasladaba una línea de montaje, se perdían empleos en una comarca. La nueva es más silenciosa. Los datos y los modelos se procesan fuera, los precios los fijan otros y las condiciones de acceso cambian por decisiones ajenas a nosotros.

Estados Unidos y China no compiten solo por tener mejores modelos. Compiten por controlar la capa tecnológica sobre la que trabajarán empresas, universidades y administraciones de otros países. Europa, mientras tanto, regula mucho, produce poco y depende demasiado.

La IA no elimina la actividad local. La transforma, la amplía y, en parte, la desplaza. Una economía puede parecer más moderna en la superficie y perder profundidad estratégica. La cuestión de fondo no es si nuestras empresas usarán IA, sino de quien dependerán.

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