
La constelación del perro (The Dog Stars, 2026)
Duración: 118 min. País: Estados Unidos. Dirección:Ridley Scott. Guion: Mark L. Smith, Christopher Wilkinson. Novela: Peter Heller. Reparto: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce. Música: Harry Gregson-Williams. Fotografía: Erik Messerschmidt. Productoras: Scott Free Productions, 20th Century Studios. Distribuidora: 20th Century Studios.
Ridley Scott ha manifestado en numerosas ocasiones su llegada tardía al medio cinematográfico. Con casi cuarenta años estrenó su ópera prima, Los duelistas (1977), y desde entonces ha mantenido un ritmo de trabajo incesante, como si el apremio por materializar su vasto imaginario visual le impidiera detenerse. A partir de los setenta años, ha rodado dieciséis producciones; algunas, ciertamente, menos memorables de lo esperado, aunque siempre teñidas por la impronta de un artesano que domina la creación de atmósferas y universos propios. Su filmografía se sostiene sobre una constante: la solidez y la solvencia narrativa para articular historias con oficio. Sin embargo, haber firmado obras del calibre de Alien o Blade Runner supone un lastre, pues el nivel de exigencia hacia sus trabajos posteriores resulta desmedido, y se tiende a calificar de mediocres títulos que, en comparación con la producción de otros realizadores, no lo son en absoluto.
En esta ocasión, Scott nos sitúa en un escenario postapocalíptico donde un virus ha diezmado a la práctica totalidad de la humanidad. Se trata de la adaptación de la aclamada novela de Peter Heller, escrita varios años antes de la pandemia global que asoló al planeta.
El director británico vuelve a demostrar su habilidad para construir paisajes desolados de gran impacto visual. No obstante, la apuesta por una narración pausada y eminentemente atmosférica no termina de engranar con las secuencias de acción, generando la impresión de una tensión no resuelta entre el desarrollo psicológico de los personajes y las exigencias inherentes a una superproducción.
El relato plantea un viaje marcado por el duelo, segmentado en distintas fases, en el que los silencios y el registro expresivo de los intérpretes adquieren mayor relevancia que los propios diálogos. Con todo, el filme se queda a medio camino entre una meditación sobre las dificultades de la existencia y un relato de supervivencia de corte más ortodoxo. Visual y temáticamente, remite a referentes como Soy leyenda, Mad Max e incluso la última trilogía de El planeta de los simios, aunque sin alcanzar la contundencia de aquellos títulos.
El reparto lo encabeza el joven Jacob Elordi, quien, pese a su juventud, atesora ya una trayectoria heterogénea que le ha llevado a interpretar personajes tan dispares como Elvis Presley o la Criatura de Frankenstein. Elordi transita entre la melancolía y el optimismo con un resultado irregular, si bien ofrece una muestra fehaciente de su potencial y su creciente versatilidad. Josh Brolin, por su parte, se muestra sobresaliente en el registro de hombre curtido y preparado para las peores circunstancias. Margaret Qualley aporta humanidad y una energía más luminosa, que contrasta con la desolación cromática y emocional del entorno.
La cinta combina pasajes de acción capaces de transmitir una adrenalina genuina con escenas de tintes surrealistas y paranoicos que, lejos de resultar disruptivas, encajan en la lógica interna de ese mundo devastado.
Ridley Scott, a sus ochenta y ocho años, persiste en su labor fundamental: entretener y mantener la atención del espectador. Su eficiencia en los rodajes se traduce en una narración ágil y directa, que evita complicaciones superfluas. No obstante, esa preferencia por la funcionalidad ha implicado en ocasiones una merma en el cuidado formal, lo que ha redundado en una cierta irregularidad en su etapa más reciente.
La constelación del perro confirma sus virtudes como narrador visual, pero también evidencia las limitaciones de un método que prioriza la producción por encima de la pausa reflexiva que su propio argumento parecía reclamar.










