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En la terraza el día de la manifestación. EL YAKO

Domingo 23 de agosto. Jaca llena de caminantes y mucha gente de los pueblos llenando las calles. Unos están para disfrutar de su vermú; otros, para tratar de luchar por lo suyo.

Veo la plaza Biscós llena. Eso me saca una sonrisa.

Es cierto que el calor es sofocante, como casi todas las tardes en esa paella de cemento que es la plaza Biscós —pero ese es otro tema—. El cuerpo no me aguanta para estar todo el tiempo al sol, así que me infiltro entre los veraneantes y me siento en mi bar de toda la temporada a pillar un agua.

Me digo: cuando esté mejor, me engancho a la marcha por donde vaya. (Aunque puede que me esté mintiendo.)

La terraza se llena. Los visitantes empiezan a ocupar los espacios a mi alrededor. Y entonces aparecen esas palabras que empiezan a darme como puñales.



—¿Y esta manifa por qué es? —pregunta una mujer.

—Por los bomberos forestales y los incendios —responde el que parece saberlo todo.

—Pero ya empezaron con lo mismo: Azcón dimisión y esas cosas… —continúa, con voz de desprecio.

Y yo pienso: pues claro, porque los recursos para los incendios forestales dependen de la comunidad autónoma.

—Aparte están en huelga… ¿No crees que es el peor momento para hacerlo?

Mis dientes ya empiezan a chirriar y entre ellos casi se me escapa la respuesta: es una huelga simbólica. Están trabajando al cien por cien. Los que se están manifestando están en su día libre.

—Es que, en vez de esto, deberían preocuparse más por lo que se quemó…

El agua con gas que pedí ya me empieza a saber amarga. Y cuando dejo el vaso sobre la mesa, el gesto viene con golpecito incluido.

—Es que lo que yo haría…

Ahí cierro los oídos.

Me levanto con fuerza y me retiro.

Este no es mi lugar.

Aunque el cuerpo no aguante mucho más, camino en dirección a la manifa.

Y entonces veo.

Sosteniendo una pancarta está un colega que sé que pasó noches sin dormir cuidando su pueblo, incluso después de haber sido desalojado.

Veo a una de mis amigas bomberas, cargando con todo ese EPI. Cuando me ve, me hace un gesto de agradecimiento por estar allí y pone su mano sobre el corazón, como si dijera que estamos latiendo al mismo ritmo.

Y lo estamos.

Detrás de otro traje aparece una mejilla. Se quita el casco para darme un beso. Y con la mirada nos decimos que estamos bien. Y que tenemos una conversación pendiente.

Y aparece mi nueva sonrisa favorita, que me saluda como un duende saltarín, entre risas, con una energía que parece casi infinita, pero que sé que lleva detrás semanas de lucha y cansancio acumulado, de tantos días frente al fuego.

Que no me engañas.

De repente aquello se llena de color y fuerza. Rostros de personas que han estado luchando contra esa fuerza primaria y mortal que es el fuego.

Hace unos minutos sentía que aquella terraza no era mi lugar. Ahora el corazón se me aprieta al encontrarme rodeado de tantos rostros conocidos, de tanta gente que quiero y respeto.

Aquí sí.

Y entonces “Pirineo digno” deja de parecerme una frase escrita en una pancarta.

Está en la amiga que carga el EPI. En quien pasó noches vigilando su pueblo. En quien se quita el casco para darte un beso. En quien utiliza su día libre para volver a luchar por lo mismo.

Quizá la dignidad sea precisamente eso: estar cuando toca estar. Seamos mil o seamos diez.

No necesito compartir cada punto de los manifiestos para saber de qué lado quiero estar.

Porque, con todas nuestras diferencias, prefiero estar aquí que sentado en una terraza viendo morir la montaña y a su gente.


Firmado: RODRIGO MUÑOZ ALBARRACÍN (EL YAKO)
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