
El amor que permanece (Ástin sem eftir er, 2025)
Duración: 109 min. País: Islandia. Dirección: Hlynur Pálmason. Guion: Hlynur Pálmason. Reparto: Sverrir Gudnason, Saga Garðarsdóttir, Ingvar Eggert Sigurdsson, Anders Mossling, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Grímur Hlynsson, Þorgils Hlynsson, Katla M. Þorgeirsdóttir, Halldór Laxness Halldórsson, Kristinn Guðmundsson. Música: Harry Hunt. Fotografía: Hlynur Pálmason. Productoras: Still Vivid, Snowglobe Films, Hobab, arte France Cinéma.
Que una película islandesa se cuele en las salas de cine españolas, ya es de por sí una noticia. Solemos asociar el cine de aquella isla volcánica con nombres como Baltasar Kormákur, un director de orígenes hispanos, que supo dar el salto al cine comercial en Europa. Y esta, puede ser la ocasión en la que el director, Hlynur Pálmason, lo haya conseguido plenamente, después de realizar varias producciones, algunas de ellas con cierta repercusión en nuestro continente, como la aclamada Godland (2022). Su cine, se asemeja más a una excavación arqueológica de las emociones. Y con El amor que permanece, demuestra que su exigente mirada, merece ser contemplada en pantalla grande.
La propuesta es tan sencilla como ambiciosa. Una pareja recién separada, Anna y Magnus, se ven obligados a compartir espacio y tiempo con sus tres hijos, en la aldea rural donde vive la madre de él. Durante el transcurso de un año, asistimos a la lenta descomposición de lo que fueron, pero no a través de grandes peleas o revelaciones dramáticas, sino mediante pequeñas estampas cotidianas, como una comida, un paseo o el silencio incómodo en el coche. Como si Pálmason quisiera detener el instante para protegerlo del olvido, a la manera de esas viejas fotografías familiares que todos guardamos en el fondo de un cajón.
Lo primero que sorprende es su tono. Podría haber sido un drama lacrimógeno, pero el director islandés, opta por una comedia amarga y desconcertante. El humor surge de manera inesperada, en los gestos más absurdos y en la rutina más plana, lo que alivia la carga emocional, aunque sin restarle peso. La mezcla de ligereza y pesadumbre, es lo que hace tan peculiar esta historia. En un mismo plano, podemos sentir el frío de la ruptura, y, al mismo tiempo, la calidez de una broma mal contada.
Visualmente, es un despliegue sensorial, porque la fotografía convierte los paisajes islandeses en un termómetro para el alma de sus personajes. Los inviernos eternos y los veranos de luz perpetua, no son un simple decorado, sino el reflejo de esa relación, que no termina de encontrar su estación de destino. No hay un orden narrativo al uso. La historia avanza por asociación de emociones, más que por causas y efectos, algo capaz de descolocar a quien busque un relato convencional.
Precisamente ahí, radica su mayor virtud. La película no se entrega fácilmente. Es exigente, pide atención y cierta disposición a dejarse llevar por su ritmo pausado. Quienes estén dispuestos a entrar en su juego, hallarán una obra de una originalidad desbordante, de las que se salen de los moldes establecidos y que, por su rareza, permanecen grabadas en la memoria. No es un film para todos. Pero los que conecten con él, descubrirán que, en ese aparente desorden, Pálmason ha construido un relato tan frágil como poderoso, sobre la imposibilidad de borrar lo que un día se deseó y se decidió, con todas sus inevitables consecuencias.










