Para ver este sitio web deber tener activado JavaScript en tu navegador. Haz click aqui para ver como activar Javascript

«El verdadero valor de la IA no está solo en hacer lo mismo con menos gente, sino en ampliar capacidades, crear mejores oportunidades y generar más valor social»

Una sociedad inteligente no debería medir el éxito de la IA solo por cuántos puestos elimina o cuánto gasto reduce.

En el artículo anterior hablaba de los costes que pueden acompañar a las grandes revoluciones tecnológicas. Hoy disfrutamos los beneficios de la revolución industrial, pero muchas personas pagaron un precio enorme antes de que llegara ese bienestar. Con la IA conviene tener presente esa lección.

Esa es una parte del debate, pero no la única. La IA ya está sustituyendo tareas, reduciendo plantillas y concentrando beneficios en algunas empresas. Sin embargo, bajo mi punto de vista, su verdadero valor no está en hacer lo mismo con menos gente, sino en ampliar capacidades, crear mejores oportunidades y mejorar lo que somos capaces de ofrecer.

Pienso que hay dos formas de entender la productividad. La primera consiste en hacer lo mismo con menos personas. Para una empresa puede ser rentable, porque reduce costes. Pero para una sociedad no siempre es una buena noticia. Si se produce lo mismo, pero hay menos empleo, menos salarios y los beneficios se concentran en pocas manos, no hay más bienestar. Solo es una forma más barata de producir lo mismo.

La segunda forma de productividad es distinta. Consiste en que las personas puedan hacer mejor su trabajo. No se trata solo de producir más, sino de aportar más valor. Un profesional que usa IA para analizar información, crear propuestas, detectar errores o eliminar tareas repetitivas no tiene por qué desaparecer. Puede trabajar con más recursos, más rapidez y mejores resultados.

Ahí está la diferencia. La IA no debería servir solo para recortar costes y sustituir funciones. También debería ampliar lo que una persona, una pyme, un hospital, una escuela o una administración pueden hacer. Ese es el salto que puede generar riqueza social.



Una pequeña empresa puede usar IA para mejorar su atención al cliente o analizar ventas. Un profesor puede adaptar materiales. Un médico puede apoyarse en sistemas que ayuden a priorizar casos. Una administración puede ordenar expedientes, reducir esperas o mejorar los trámites.

En esos casos, la productividad no consiste en eliminar a alguien. Consiste en mejorar el servicio, reducir errores, ahorrar tiempo y dedicar más energía a aquellas funciones que realmente aportan valor. Esa es la productividad que sí importa: la que no solo baja costes, sino que mejora lo que somos capaces de ofrecer.

Esto exige una decisión cultural y empresarial. Si la IA se introduce solo como herramienta para despedir, sus beneficios serán estrechos y sus costes sociales, enormes. Si se introduce para aumentar capacidades, puede ayudar a que más personas y organizaciones compitan mejor.

No se trata de negar la automatización. Habrá tareas que desaparecerán. Pero una sociedad inteligente no debería medir el éxito de la IA solo por cuántos puestos elimina o cuánto gasto reduce. Debería medirlo también por cuántas oportunidades crea.

La IA puede empujar hacia una economía más concentrada y desigual, o convertirse en una herramienta que amplíe nuestras capacidades. La diferencia dependerá de cómo decidamos usarla.

No Comments Yet

Comments are closed