
“Es el primer trabajo fotográfico exhaustivo y no simplemente documental de la Línea P”
La vida profesional de Iñaki Bergera se mueve entre la arquitectura y la fotografía, lo que le convierte en la persona indicada para acercar los búnkeres de la Línea P, que Franco construyó tras la Guerra Civil para repeler incursiones extranjeras. El autor, nacido en 1972 en Vitoria y residente en Aragón desde hace dos décadas, buscó, geolocalizó y retrató las 185 obras del sector 23, que corresponde al valle del Gállego. De enero de 2024 a noviembre de 2025, hizo 1.500 fotografías de estos asentamientos situados a muy diversas altitudes (desde los 880 metros en Biescas a los 1.875 de Formigal). El fruto de su trabajo fue una muestra de 400 imágenes expuestas en la Diputación Provincial de Huesca y un libro presentado a mitad de junio en Jaca, que recoge 70 fotos y textos de José Manuel Clúa, Iñaki Ábalos, Ascensión Hernández y Ramón Esparza.
“Lo que más me satisface de esta investigación es que se trata de un proyecto fotográfico de madurez, que sintetiza y aúna mis intereses personales, artísticos e investigadores”, declaró Bergera, catedrático de proyectos arquitectónicos en la Universidad de Zaragoza. “Además, el Pirineo es mi ecosistema predilecto, el entorno que amo y habito”, añadió.
Su iniciativa es “el primer gran proyecto fotográfico desarrollado en torno a la organización defensiva de los Pirineos”. “El llamado ‘patrimonio incómodo’, la arquitectura defensiva vinculada a grandes conflictos internacionales (como la II Guerra Mundial) fue objeto de interés de fotógrafos, pero, salvo algún trabajo reducido y gradual, la Línea P no había sido objeto de un trabajo fotográfico, documental y artístico tan ambicioso y explícito”, en el que “interesaba documentar y conocer su intrahistoria, pero no interpretar ese patrimonio arqueológico en términos visuales”.
“Por tanto, es el primer trabajo fotográfico exhaustivo y no simplemente documental de la Línea P”, continuó, explicando que “las fotos desvelan los valores interpretativos de ese legado, que se refiere a la intensidad espacial y material, la emoción de la luz y la capacidad que estas arquitecturas tienen para contener y disparar no proyectiles, sino miradas”.
Bergera fue capaz de transmitir la belleza de los búnkeres. “Es una de las cuestiones que mi trabajo pone en valor”, aseguró, reconociendo su gusto por “fotografiar espacios abandonados, en desuso o inacabados y encontrar belleza en lo ruinoso”. “Si vemos más allá, encontramos lo que llamo la poética del abandono: la riqueza proyectual del material (el hormigón) y las tipologías constructivas, la luz y especialmente el diálogo entre la arquitectura y su implantación en bosques y laderas que beneficia a los búnkeres, como elementos que se camuflan, y a la naturaleza sublime del Pirineo, que es salpicada por esos elementos”, afirmó.
Según el arquitecto, hay 9 tipologías: 7 destinadas a albergar armamento y 2 auxiliares, los observatorios y los depósitos de municiones, víveres y personal. “En el Pirineo catalán se unen entre sí mediante largas galerías y eso en Aragón no es habitual”, apuntó. Por lo demás, “el diseño es estandarizado”.
En Aragón, “el valle de Tena y el de la Jacetania serían los sectores más característicos al tener una morfología similar, partiendo de una frontera clara y permeable con Francia”. En Echo y Ansó “hay muchos menos, lo mismo que en Sobrarbe y Ribagorza, cuyos pasos fronterizos son más elevados e inexpugnables”. “La Línea P en el valle de Tena (Portalet) y en el del Aragón (Somport) tiene una estructura más representativa de núcleos de resistencia”, según el autor, que localizó todos los del Alto Gállego “porque lo descubierto en ellos se puede hacer extensible al resto de zonas pirenaicas”.
Bergera recomienda “visitar los señalizados y de fácil acceso”, como “los del entorno del Fuerte de Santa Elena, en el NR 106”. “Hay un sendero marcado, que se dirige al pueblo de Polituara y desde el que podemos visitar varias ametralladoras, contracarros y morteros”, aseguró.
“En un extremo opuesto, valle arriba y muy próximo a la frontera, aparcando en el parking de Sextas en Formigal y, en apenas media hora de caminata por un sendero, podemos visitar búnkeres en el barranco del Arrigal, en la margen izquierda del Gállego y pertenecientes al NR 10”, continuó, aconsejando también “los de la pista que va de Lanuza a Panticosa, en el NR 108, particularmente las ametralladoras antiaéreas de lo alto del Castiecho de las Articas”.
“Los más grandes, de armamento, son los destinados a albergar un cañón contracarro de 75 mm., que se empotraría en la parte interior de la tronera y tiene anclajes para soportar el retroceso del disparo. En superficie, los más grandes son los destinados a albergar tropas”, explicó, sobre lo que eran “unas cavidades longitudinales en bóveda de cañón, enterradas y a la que se accedía mediante tres túneles transversales”.
Las obras “más recónditas e inaccesibles están en medio de un bosque o a gran altitud”. Es el caso de dos asentamientos de ametralladora, las obras 7 y 8-9 del NR 109 de Sallent. Se sitúan en un pinar en la falda sur de la Peña Foratata y “son muy difíciles de encontrar sin una geolocalización precisa”.
La exposición en Huesca, que “fue un gran éxito de público y crítica”, hizo posible “conocer el discurso narrativo del proyecto y puso en valor la copia fotográfica como objeto artístico”. Las copias, producidas y enmarcadas “extraordinariamente” en la Museoteca de Madrid, “permitían ‘sentir’ los búnkeres”.
“El público salió encantado al descubrir la belleza de este desconocido patrimonio”, señaló Bergera. “Algo similar ocurre con el libro, que es una joya para amantes de la fotografía, el Pirineo y el patrimonio”. Se publicó en coedición por la DPH y la editorial La Fábrica, que “es la más prestigiosa en el mundo de la fotografía en España”. Hay dos ediciones en castellano e inglés y “suscita interés en Europa y EE.UU.”.
A su juicio, “no sería descabellado declarar la Línea P Bien de Interés Cultural para darle cobertura frente a quien quisiera destruirla o transformarla”. Además, aboga por “seguir con su divulgación como complemento a la oferta tradicional de los valles pirenaicos” y lamenta que “Navarra y Cataluña nos llevan la delantera, ya que tienen centros dedicados a la Línea P y realizan campos de trabajo con jóvenes”.
En Aragón, “hay que seguir invirtiendo en señalizar asentamientos y rutas para hacerlos más accesibles a turistas y escolares”. “Queda mucho trabajo y espero que mi proyecto contribuya a crear esa sensibilidad e interés colectivo por este patrimonio, que, desde el rigor documental e histórico y la sensibilidad artística y cultural, debería quedar al margen de cuestiones ideológicas”, concluyó.





