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Campo de trabajo en Búbal, en una imagen de archivo.

En los últimos días del mes de junio tuve el placer de visitar Búbal con una compañera y un grupo de alumnos y alumnas del proyecto que coordino. La experiencia superó cualquier expectativa que hubiéramos podido generar previa a la visita. Tanto Ana como Nuria como el resto de los trabajadores, que conforman la plantilla y que se encargan de todas las actividades educativas y del mantenimiento de las instalaciones del pueblo, son mucho mejores de lo que puedas imaginarte.

Después de dos días allí, pudimos escuchar con gran asombro la situación de “semi-abandono” en la que se encuentra este proyecto. Un proyecto que se inició hace más de 40 años y que sería muy injusto que se diluyera sin motivo alguno. Un proyecto que tiene muchos más pros que contras, que encierra en todas esas casas y edificios restaurados las experiencias de muchos jóvenes que desde los años 80 han tenido la oportunidad de recuperar el pueblo, tanto arquitectónicamente como recogiendo las historias de sus habitantes que un día tuvieron que dejar sus casas, sus tierras, sus sueños, sus historias familiares, sus recuerdos ahogados en las aguas del embalse que se construyó y que lo anegó todo para ellos.

Y es que los pueblos no desaparecen de un día para otro. Antes de quedar vacíos, antes de que las puertas se cierren definitivamente y las calles se llenen de silencio, suele producirse un proceso más discreto: se aplazan inversiones, se reducen actividades, desaparecen servicios y se normalizan pequeñas pérdidas que, vistas de forma aislada, parecen insignificantes. El problema es que, cuando se observan todas juntas, revelan una realidad preocupante.

Ese sentimiento de tristeza es lo que muchos sentimos hoy al mirar hacia Búbal.

Durante más de cuarenta años, el Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados (PRUEPA) ha convertido este lugar del Valle de Tena en un ejemplo estupendo de educación medioambiental, recuperación patrimonial y compromiso con el medio rural. Miles de jóvenes han contribuido a reconstruir un pueblo que había quedado condenado al olvido tras la construcción del embalse.



Sin embargo, en los últimos años hay cosas que son signos evidentes de preocupación. Menos personal, menos acciones de mantenimiento, edificios que requieren actuaciones pendientes y, ahora, la suspensión del campo de trabajo de verano por primera vez desde que comenzó el programa en la década de los ochenta.

Algunos dirán que se trata de una medida puntual debida a dificultades para cubrir determinados puestos de trabajo. Puede que sea cierto. Pero cuando un proyecto con más de cuarenta años de historia pierde una de sus actividades más emblemáticas, la pregunta ya no es qué ha ocurrido este verano. La pregunta es: ¿cuál es el futuro de Búbal?

Porque Búbal nunca fue únicamente un destino educativo. Fue un proyecto, un espacio donde generaciones enteras aprendieron que el patrimonio rural merece ser protegido, que los pueblos tienen futuro y que la despoblación no necesita discursos, sino iniciativas concretas.

Resulta difícil entender que, en un momento en el que tanto se habla de reto demográfico, sostenibilidad y de esa “España Vaciada” con la que tanto se les llena la boca a los que trabajan en los despachos de las grandes ciudades, uno de los proyectos más exitosos en todos esos ámbitos parezca perder protagonismo. Más aún cuando más de 70.000 estudiantes han pasado por sus calles y cuando el pueblo recuperado constituye hoy uno de los mejores ejemplos de rehabilitación patrimonial con fines educativos de toda España.

Nadie pide nada imposible para Búbal. Lo que se reclama es algo sencillo: compromiso. Compromiso para mantener vivo un proyecto que ha demostrado sobradamente su utilidad social, educativa y cultural. Compromiso para evitar que el deterioro llegue por acumulación de pequeñas actuaciones. Y compromiso para garantizar que las futuras generaciones puedan vivir y disfrutar de la misma experiencia que vivieron miles de jóvenes antes que ellas.

Porque esto sí que sería una gran paradoja: que un programa creado para rescatar un pueblo abandonado acabara sufriendo, precisamente, una nueva forma de abandono. Un abandono más silencioso, más lento y menos visible, pero no menos doloroso.


Firmado: NURIA VICENTE MARZAL (Docente de Programa de Cualificación Inicial)
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