
Uno de los conciertos de Senda en Vivo durante las pasadas fiestas de Jaca, en una imagen facilitada por el autor del articulo.
La Senda en Vivo es un momento único en las fiestas de Jaca, y eso no sorprende a nadie que lo haya vivido.
Mientras suenan los temas más humanos, los que hablan de una generación que soñó y sueña por una tierra fértil, el pueblo se mira a los ojos. Las letras hablan de desazón y rabia, pero los besos y abrazos son el ritmo de la gente. Chocan los vasos de plástico, los cuerpos y las sonrisas cómplices.
Los amigos que se encuentran para decirse cómo va el año, cómo creció tu bebé y cómo llevas el tejado de la casa del pueblo. Eso sí, la moda y la pose brillan por su ausencia. Si ya sabemos por dónde cojeamos todos.
El primer día suenan más las risas y las conversaciones. El segundo ya empezamos a escuchar con más atención el tema nuevo de nuestra gente.
El escenario nos pertenece. El micrófono está para dar voz a los nuestros: el que te arregla un apaño en casa, el del ayuntamiento que se quita el overol para cantar rock and roll, la cocinera de tus hijos en el cole y la niña que viste jugar en el parque y que ya es mujer, con voz, y quiere gritar lo que siente al ritmo de la batería.
Esas estrellas, o estrelladas, que son el hijo, el cuñao o el novio de… de uno de los nuestros.
En el escenario aparecen las canas ya legendarias, y los que eran chavales del punk ya muestran las suyas. Algunos ya no suben al escenario, pero retumban en cada nota. Sí, todos sabemos que en ciertos locales se juntan a compartir mucho más que cervezas y ruido.
La Senda nació de la de los Elefantes, donde llegaban a morir, en una esquina, para que no molestáramos. Pero la Senda en Vivo de Jaca es donde el pueblo se encuentra, donde se baila, se ríe y la vida se pone al día.
Larga vida a la Senda. Larga vida al rock de pueblo. Ese que nos pone de frente, ese que envejece y crece con nosotros y que nos regala la mirada en el otro. Ese que debemos atesorar y que, durante cuatro tardes, tiene un valor incalculable. Porque lo que suena y se grita tiene la voz de uno de los nuestros.
