El Salón Panadería acoge hasta finales de agosto cerca de medio centenar de obras del pintor zaragozano, vinculado desde hace años a Jaca y al Pirineo aragonés

El punte de Manhattan visto desde Brooklyn, en Nueva York. EL PIRINEO ARAGONÉS
El Salón Panadería de la Ciudadela de Jaca vuelve a abrir sus puertas este verano a la pintura de Fermín Ochoa, un artista ya habitual en la programación cultural del Castillo de San Pedro y cuya obra mantiene desde hace años una estrecha relación con la ciudad y la comarca. La exposición, que podrá visitarse hasta finales de agosto, reúne alrededor de cincuenta piezas en las que el autor propone un recorrido por paisajes, ciudades, bodegones, rincones pirenaicos y escenas cotidianas ejecutadas con un lenguaje figurativo próximo al hiperrealismo.
Nacido en Híjar (Teruel) y criado en Zaragoza, Ochoa se formó en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de la capital aragonesa, donde se graduó en Artes Aplicadas en la especialidad de Decoración. Durante décadas desarrolló su actividad profesional al frente de un estudio dedicado al diseño y ejecución de espacios comerciales, una trayectoria que explica la precisión técnica, el dominio de la perspectiva y la atención al detalle que caracterizan su pintura. Tras su jubilación decidió dedicarse plenamente a la creación artística, una actividad que hoy ocupa buena parte de su tiempo y que desarrolla entre Zaragoza y Jaca, ciudad en la que pasa largas temporadas.
La muestra confirma algunas de las señas de identidad que han acompañado su trabajo durante los últimos años. Lejos de centrarse en una temática concreta, el pintor reúne obras inspiradas en sus viajes, en los paisajes que frecuenta, en la arquitectura que le interesa o en los objetos que forman parte de la vida cotidiana. Venecia, París, Ámsterdam, Egipto, Nueva York, Madrid, Zaragoza o distintos rincones de la Jacetania conviven en una exposición donde el espectador puede pasar de una calle inundada por las aguas de la laguna veneciana a una cocina tradicional, de un sendero jacobeo a una copa de vermut o de los Mallos de Agüero a los puentes de Nueva York.
Uno de los ámbitos más llamativos de la exposición es precisamente el dedicado a los viajes y a la arquitectura urbana. Entre las piezas expuestas sobresalen varios dibujos realizados a tinta, entre ellos una detallada vista del puente de Manhattan observada desde la estructura del puente de Brooklyn. La obra revela una faceta especialmente interesante de Ochoa como dibujante. Más allá de la minuciosidad con la que reproduce cables, vigas y elementos estructurales, la composición convierte una de las grandes infraestructuras neoyorquinas en un ejercicio de observación arquitectónica. El entramado metálico del puente se superpone al perfil de los rascacielos de Manhattan en una imagen donde dialogan la ingeniería, el paisaje urbano y la creación artística, evocando la fascinación que las grandes construcciones de hierro y acero despertaron en generaciones de artistas desde finales del siglo XIX.
Esa misma mirada atenta aparece en otras obras inspiradas en ciudades europeas. Las fachadas erosionadas por el tiempo de Venecia, los patios luminosos de la Provenza, los canales de Ámsterdam o las calles parisinas son abordados desde una sensibilidad que concede tanta importancia a la atmósfera como a la fidelidad descriptiva. No se trata únicamente de reproducir un lugar reconocible, sino de capturar la luz, las texturas y el carácter de cada escenario.
La exposición también dedica un amplio espacio a los bodegones contemporáneos, uno de los géneros más reconocibles dentro de la producción reciente del artista. Botellas de vino, copas, vermuts, granadas, utensilios de coctelería, espaguetis, setas o una cubitera con una botella de champán se convierten en protagonistas de composiciones donde destacan los reflejos, las transparencias y el tratamiento de los materiales. Obras como Rey de picas, Vermut, Útiles para un cóctel, Granadas o Moët Chandon actualizan la tradición clásica del bodegón mediante objetos cotidianos y contemporáneos.
La cocina aparece igualmente representada a través de cuadros como Cocina vintage o Consomé con yema, ejemplos de una pintura que encuentra interés estético en escenarios aparentemente ordinarios. Ollas, cucharones, superficies metálicas o ingredientes culinarios son observados con la misma atención que una fachada histórica o un paisaje monumental.
El visitante encontrará asimismo referencias constantes a la montaña y al territorio. El cuadro dedicado al equipamiento de un escalador, con botas, cuerdas, crampones y piolet, remite a una de las grandes aficiones del autor y a su estrecha relación con el Pirineo aragonés. A esa misma sensibilidad responde Buen Camino, donde el protagonismo recae en las piernas de un peregrino que avanza por un sendero rodeado de vegetación, una imagen que sintetiza la experiencia del caminar y la relación entre el ser humano y el paisaje.
Jaca ocupa un lugar destacado dentro del conjunto. Entre las obras expuestas aparecen rincones de Villanovilla, escenas relacionadas con el Primer Viernes de Mayo, la ermita de San Cristóbal, la plaza de la Catedral o vistas vinculadas al entorno de la Ciudadela. La presencia de estos espacios confirma la vinculación que el artista mantiene desde hace años con la ciudad, donde ha expuesto en distintas ocasiones y donde encuentra buena parte de la inspiración para algunos de sus trabajos.
Ochoa trabaja con una amplia variedad de técnicas y soportes. En la muestra conviven óleos, acrílicos, acuarelas, dibujos a grafito y plumillas realizados sobre madera, lienzo o papel. Esa diversidad responde a una forma de entender la creación que huye de la repetición y del encasillamiento. El propio artista ha explicado en numerosas ocasiones que alterna procedimientos y materiales para mantener viva la curiosidad y afrontar cada obra como un nuevo reto.
La exposición supone la cuarta presencia consecutiva de Fermín Ochoa en la Ciudadela de Jaca y constituye una nueva oportunidad para acercarse a una pintura que reivindica el valor de la observación. Ya sea ante una copa de vino, una fachada veneciana, un sendero pirenaico o el perfil de Manhattan, sus cuadros comparten una misma voluntad: posar la mirada sobre aquello que habitualmente pasa desapercibido y trasladar al espectador la emoción de contemplar el mundo con atención.




