Cuando Marc Oller Astort decidió instalarse definitivamente en Jaca hace algo más de una década, no imaginaba que algún día alcanzaría la cima del Aneto para después descender esquiando por sus laderas. En realidad, entonces estaba ocupado en algo mucho más importante: reconstruir su vida. Una retinosis pigmentaria le había obligado a abandonar su actividad profesional y a afrontar una pérdida progresiva de visión que cambiaría para siempre su forma de relacionarse con el mundo. El deporte, la montaña y una red de amistades tejida durante años en el Pirineo aragonés le ayudaron a encontrar un nuevo rumbo.