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Sacrum & Code, una exposición que une la tradición del arte bizantino y el lenguaje digital de nuestro tiempo

Julio Rina, Ismael García, José Ignacio Iguarbe y Alfredo Manterola, en la inauguración de la exposicion Sacrum & Code. EL PIRINEO ARAGONÉS

La Sala Burnao de la Ciudadela de Jaca acoge desde este lunes la exposición Sacrum & Code, una propuesta artística de José Ignacio Iguarbe que difícilmente encaja en las categorías convencionales. Aúna la fotografía, el arte bizantino, el uso de materiales nobles como el pan de oro, la manipulación digital y la inteligencia artificial. Todo ello confluye en una muestra que busca tender un puente entre dos universos separados por siglos, pero unidos por una misma voluntad de representar el mundo y reflexionar sobre él.

La inauguración contó con la presencia del propio autor, del comisario Ismael García, del director de la Ciudadela, Alfredo Manterola, y del gestor cultural Julio Rina. Desde el primer momento, García insistió en una idea que repitió en varias ocasiones: estamos ante una exposición singular, fruto de una investigación artística y técnica que, a su juicio, no tiene equivalente en otros espacios expositivos.

“Las técnicas que emplea Ignacio no están escritas en ningún libro ni se puede recurrir a un tutorial”, afirmó el comisario. “Quizás sea el único en el mundo capaz de aunar técnicas del arte bizantino con la inteligencia artificial”, precisó. Una afirmación rotunda que resume el carácter experimental y profundamente personal de una propuesta desarrollada durante años de búsqueda, ensayo y error.

García presentó a Iguarbe como “mucho más que un fotógrafo”, un creador capaz de transformar las inquietudes, las emociones y las reflexiones personales en imágenes que nacen de una mirada interior y que después encuentran el medio adecuado para manifestarse. “Siente, se conmueve e inventa”, resumió.

La muestra reúne una treintena de obras que se sitúan en una frontera difusa entre el pasado y el futuro. Sus imágenes evocan universos de ciencia ficción, paisajes poshumanos, iconografías religiosas reinterpretadas, figuras híbridas entre lo orgánico y lo tecnológico y escenas que remiten tanto a la tradición artística occidental como a algunos de los grandes debates contemporáneos. Sin embargo, el verdadero núcleo de la exposición no se encuentra únicamente en lo que muestran las obras, sino en la forma en que han sido concebidas.



Iguarbe explicó que Sacrum & Code nace de una doble raíz. La primera es el sacrum, lo sagrado, representado por la tradición bizantina y por el empleo del pan de oro sobre tabla. La segunda es el code, el código digital, la lógica binaria que sustenta Internet y las nuevas tecnologías. Entre ambas dimensiones se despliega un diálogo visual que pretende demostrar que la historia del arte no avanza mediante rupturas absolutas, sino a través de continuidades y transformaciones. “Una época no anula a la otra; todo lo que hemos aprendido tiene que servir de base para lo que podamos hacer en el futuro”, explicó el autor.

La propia presentación de la muestra insiste en esa idea. Sacrum & Code nace del deseo de poner en diálogo dos lenguajes que, aunque separados por siglos, comparten una misma lógica interna: el arte bizantino, con su dimensión simbólica y espiritual, y la imagen digital contemporánea, construida mediante procesos, estructuras y códigos. Lejos de plantear una confrontación entre ambos mundos, la exposición reivindica una continuidad histórica en la construcción de las imágenes.

La luz que nace del interior

Para comprender plenamente la propuesta conviene detenerse en uno de sus elementos aparentemente más sencillos: el oro.

En la tradición bizantina, el pan de oro no era un recurso ornamental ni un signo de riqueza. Su función era simbólica. Los iconos no pretendían reproducir la realidad visible, sino sugerir una presencia trascendente. Por eso los fondos dorados carecían de profundidad y perspectiva. Aquella superficie brillante representaba una luz distinta, una claridad que no procedía del sol ni de ninguna fuente identificable, sino que parecía emanar desde el interior mismo de la imagen. Iguarbe recupera ese concepto y lo traslada al siglo XXI. “En el arte bizantino, el reflejo del oro era el reflejo divino. Era una luz que no venía de ningún sitio, como si viniera desde el interior”, explicó durante la presentación.

Las tablas que sirven de soporte a las obras conservan esa luminosidad ancestral, pero sobre ellas aparecen rostros fragmentados, paisajes imposibles, criaturas mecánicas o figuras que parecen surgir de futuros aún no escritos. La tecnología ocupa el lugar que en otro tiempo ocuparon los pigmentos y los pinceles, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: cómo representar aquello que no puede verse directamente.

La exposición se mueve precisamente en esa frontera entre lo visible y lo invisible, entre la materia y la idea, entre la superficie física de la obra y aquello que el espectador proyecta sobre ella.

Una técnica nacida del ensayo y error

La singularidad de Sacrum & Code reside también en el procedimiento técnico desarrollado por Iguarbe durante años de experimentación.

Cada pieza parte de una tabla preparada siguiendo principios heredados de la iconografía bizantina. Sobre ella se aplica pan de oro, cuya luminosidad constituye uno de los rasgos más característicos de la muestra. Después llegan las imágenes digitales, elaboradas mediante fotografía, Photoshop, fotomontaje y herramientas de inteligencia artificial.

Sin embargo, el verdadero desafío consistía en conseguir transferir esas imágenes sobre una superficie metálica que rechaza la pintura y muchos otros materiales.

El artista relató que durante años intentó encontrar una solución sin éxito. Finalmente, durante la pandemia descubrió un procedimiento basado en acetato, hidroalcohol y adhesivos que le permitió transferir las tintas a la superficie dorada. “A la tabla le ponemos una piel dorada maravillosa y sobre esa piel hacemos un tatuaje”, resumió.

El resultado es una imagen translúcida en la que el oro sustituye visualmente al blanco. Allí donde la impresora no deposita tinta aparece el brillo metálico de la tabla, generando reflejos, profundidades y matices imposibles de conseguir mediante procedimientos convencionales.

Para Iguarbe, la inteligencia artificial no sustituye al artista ni al proceso creativo. Es simplemente una herramienta más. “Desde las cavernas hemos ido utilizando todo aquello que estaba a nuestro alcance. El arte siempre ha evolucionado así”, explicó.

Público viendo la exposicion y dos obras inspiradas en el universo femenino: Retrato de mujer y Retrato de ángeles. EL PIRINEO ARAGONÉS

Guerras cibernéticas, náufragos digitales y paisajes de la conciencia

Aunque cada visitante encontrará sus propias lecturas, la exposición construye un universo visual reconocible que trasciende la mayoría de las piezas.

Las figuras femeninas ocupan un lugar destacado. Algunas recuerdan a vírgenes o santas de la tradición iconográfica occidental, envueltas en velos y aureolas doradas. Sin embargo, al observarlas con detenimiento aparecen elementos que alteran esa lectura inicial. “Parecen vírgenes, pero en el fondo para mí son guerreras cibernéticas”, explicó el autor.

La espiritualidad tradicional se mezcla así con referencias tecnológicas, generando figuras que parecen habitar simultáneamente el pasado y el futuro.

Otras obras exploran cuestiones relacionadas con la identidad digital. Rostros atravesados por circuitos electrónicos, cabezas fragmentadas por capas de información o composiciones en las que la memoria, el paisaje y la tecnología se superponen para hablar de una personalidad cada vez más condicionada por el flujo constante de imágenes y datos.

Especialmente evocadora resulta la figura femenina que emerge del mar bajo una intensa luz azulada. La superficie del agua apenas deja ver una parte del cuerpo, mientras el resto se prolonga bajo el océano como un iceberg. La imagen remite a todo aquello que permanece oculto bajo las apariencias: la memoria, los temores, los recuerdos y las capas invisibles que conforman la identidad humana.

A lo largo del recorrido aparecen también criaturas aladas, arquitecturas imposibles y escenarios oníricos que evocan tanto la tradición surrealista como determinados imaginarios de la ciencia ficción. Hay ecos de Blade Runner, de las grandes distopías tecnológicas y de los relatos posthumanos, pero siempre filtrados a través de una mirada profundamente simbólica.

Princesa cíborg (imagen superior) y Elementos (inferior). EL PIRINEO ARAGONÉS

Goya sigue hablando de nosotros

Aunque la estética de la exposición mira aparentemente hacia el futuro, muchas de sus preocupaciones remiten directamente al presente. Las referencias a Francisco de Goya ocupan un lugar central. Algunas obras reinterpretan las Pinturas Negras, los Disparates o los Fusilamientos de mayo desde una sensibilidad contemporánea.

Iguarbe considera que el mensaje del pintor aragonés mantiene toda su vigencia. “Estamos viendo las pinturas del 3 de mayo y después vemos el telediario. Goya ya nos estaba advirtiendo y nosotros le hemos hecho poco caso”, señaló.

La exposición aborda cuestiones como la manipulación informativa, las adicciones, la salud mental, la dependencia tecnológica o la influencia de las redes sociales.

Uno de los conjuntos más impactantes muestra personajes atrapados por sus propios fantasmas contemporáneos. Las referencias goyescas son evidentes, pero el escenario ya no pertenece al siglo XIX. Es el nuestro. “Cuando quieres que algo sea visible, lo exageras”, explicó el autor al referirse a estas imágenes. Más que una visión apocalíptica, las obras funcionan como una llamada de atención sobre algunos de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Goya hoy, en dos obras de Iguarbe. EL PIRINEO ARAGONÉS

Los caracoles que sobreviven al futuro

Si existe una imagen capaz de sintetizar el universo simbólico de Sacrum & Code, esa es el caracol. Los denominados “caracoles cibernéticos” protagonizan varias obras y también el cartel de la exposición. Sus conchas se transforman en complejos mecanismos que recuerdan a relojes, máquinas o dispositivos tecnológicos, mientras el animal conserva toda su fragilidad y sencillez. Para Iguarbe, representan una paradoja: “Somos especialistas en autodestruirnos”, afirmó, y “el caracol, en su humildad, tiene muchas posibilidades de sobrevivir a cualquier tipo de cataclismo, añadió.

La propia presentación de la exposición profundiza en esta lectura. Los caracoles aparecen concebidos como iconos contemporáneos que habitan un espacio suspendido entre lo ancestral y lo posthumano. Avanzan lentamente, ajenos a la aceleración tecnológica, y sugieren otra forma de relacionarse con el tiempo.

En ellos conviven dos dimensiones complementarias: la del sacrum, asociada a la contemplación y a lo trascendente, y la del code, vinculada a la precisión y la estructura. Convertidos en emblema de la muestra, estos seres plantean una reflexión silenciosa sobre la permanencia y la adaptación.

Caracol cibernético. EL PIRINEO ARAGONÉS

Una invitación a detenerse

En una época marcada por la velocidad, la hiperconexión y el consumo instantáneo de imágenes, Sacrum & Code propone algo tan sencillo como poco habitual: detenerse. La preparación manual de las tablas, la aplicación del pan de oro y el lento proceso de construcción de cada pieza constituyen una forma de resistencia frente a la aceleración visual contemporánea.

Esa reflexión encuentra su mejor símbolo precisamente en los caracoles cibernéticos que protagonizan la exposición. Frente a la lógica dominante de la rapidez y el rendimiento, estos seres avanzan despacio. Viven otro ritmo.

Quizá por eso terminan convirtiéndose en el gran emblema de la muestra. No porque anuncien un futuro dominado por los caracoles, como sugiere con humor el artista, sino porque representan una forma alternativa de entender el tiempo. Más lenta, atenta y reflexiva.

Al final, Sacrum & Code no habla únicamente de inteligencia artificial, de fotografía o de arte bizantino, sino de nosotros mismos como especie; de nuestra capacidad para conservar la memoria mientras avanzamos hacia lo desconocido; de la necesidad de seguir haciéndonos preguntas en un mundo cada vez más dominado por las respuestas automáticas.

Y es ahí donde reside precisamente su principal acierto: en recordar que detrás de cada algoritmo sigue existiendo una mirada humana; detrás de cada imagen, un rostro o un paisaje que nos interpela, y detrás de cada avance tecnológico, la vieja necesidad de comprender quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos.

Fotógrafo profesional especializado en patrimonio, arquitectura, paisaje y fotografía documental, José Ignacio Iguarbe lleva más de tres décadas desarrollando proyectos vinculados al territorio y la identidad. Ha publicado numerosos libros, realizado exposiciones en distintos espacios culturales y obtenido diversos reconocimientos en el ámbito de la fotografía y la divulgación.

Su nueva propuesta podrá visitarse en la Sala Burnao de la Ciudadela de Jaca hasta el próximo 8 de agosto, ofreciendo al visitante una experiencia artística sorprendente que se mueve entre el icono y el algoritmo, entre la tradición y la innovación, entre la contemplación distópica y la tecnología.

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