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Padres de la Jacetania y del Alto Gállego se reúnen para firmar y dar a conocer el pacto de familias

Familias que participaron en la reunión informativa celebrada en el Colegio Escuelas Pías de Jaca. ADRIANA BIRSAN

Los padres se enfrentan hoy a un gran desafío para comprender y gestionar la vida digital de los más pequeños. El mundo en el que crecieron es completamente diferente al que viven los niños y adolescentes en la actualidad. Hoy nos comunicamos en línea, aprendemos en línea, nos entretenemos en línea y pasamos buena parte de nuestro tiempo frente a una pantalla. Muchas veces, al final del día, si intentáramos determinar de qué manera ese tiempo ha aportado algo positivo a nuestra vida, no siempre encontraríamos una respuesta clara.

Familias de la Jacetania y el Alto Gállego se reunieron el pasado mes para poner ideas en común y visibilizar el pacto de familias, una iniciativa que promueve retrasar la entrega del primer teléfono móvil con acceso a internet hasta los 16 años. El encuentro, celebrado el 18 de mayo en el patio del colegio Escuelas Pías de Jaca, fue organizado por un colectivo de padres y madres preocupado por el impacto que la tecnología está teniendo en la infancia y la adolescencia.

El objetivo de la iniciativa es reducir la presión social que muchas familias sienten cuando llega el paso de Primaria a Secundaria, un momento en el que la entrega de un teléfono móvil empieza a percibirse como algo casi inevitable. Los impulsores del pacto consideran que esa decisión debería poder tomarse con mayor libertad y acompañamiento, sin condicionantes externos derivados de las dinámicas del grupo o de las expectativas sociales.

El encuentro tuvo un carácter práctico y organizativo. Las personas asistentes firmaron el pacto de forma presencial y también recordaron la posibilidad de adherirse a él a través de la plataforma Adolescencia Libre de Móviles. Asimismo, se planteó la creación de distintos grupos de trabajo destinados a impulsar las líneas de actuación previstas: la difusión de la iniciativa, el contacto con familias de diferentes centros educativos, la coordinación de nuevos pactos, la elaboración de materiales informativos y la organización de futuras actividades.

La propuesta se enmarca dentro del movimiento Adolescencia Libre de Móviles, una red de familias que no plantea un rechazo a la tecnología ni a la educación digital. La cuestión, explican sus impulsores, no es elegir entre tecnología sí o tecnología no, sino reflexionar sobre cómo, cuándo y con qué grado de madurez, prudencia y acompañamiento se introduce un dispositivo con acceso a internet en la vida de niños, niñas y adolescentes.



Las familias participantes insistieron en que se trata de una iniciativa voluntaria, abierta e inclusiva. No pretende señalar ni culpabilizar a quienes ya han entregado un dispositivo a sus hijos, sino ofrecer apoyo a quienes desean retrasar esa decisión, acompañar mejor a los menores y abrir un debate social más amplio sobre la relación entre infancia, adolescencia, tecnología y presión del grupo.

Reunión de padres y madres en el Colegio Escuelas Pías de Jaca para hablar de la iniciativa Adolescencia Libre de Móviles. ADRIANA BIRSAN

Mercedes Larghi | Psicóloga y madre de tres niñas

“El problema no es la tecnología, sino su uso sin mediación humana”

La tecnología tiene muchas ventajas, pero también numerosos aspectos problemáticos. ¿Cuáles son los más dañinos para niños y adolescentes?

La infancia es un momento crucial en la construcción subjetiva de la persona. Es la etapa de las primeras identificaciones, de la constitución del yo y de los vínculos con los demás. La adolescencia, por su parte, es una fase de crisis normativa y de profundas transformaciones: aparece un cuerpo nuevo, se produce el despertar sexual y se afrontan diversos duelos, como la pérdida del cuerpo infantil, de los padres idealizados o de determinadas identificaciones de la niñez.

Desde mi perspectiva, uno de los aspectos más preocupantes de las tecnologías es que no siempre advertimos cómo alteran, modifican o trastocan nuestro psiquismo. La tecnología puede funcionar como un espacio de exploración, pero también como un espacio de riesgo, capaz de interferir en operaciones fundamentales para el crecimiento y el desarrollo psíquico.

La orientación, la mirada y la presencia de un otro —padres, madres, abuelos o cuidadores— tienen una importancia decisiva en la construcción subjetiva. Cuando esas presencias son sustituidas por encuentros virtuales, se generan consecuencias relevantes. La tecnología está influyendo hoy en la constitución del sujeto: afecta a la atención, dificulta la concentración, favorece la simultaneidad permanente y reduce la tolerancia a la espera. Las respuestas deben llegar de inmediato. Esto repercute en la capacidad de reflexión, en la forma de afrontar los cambios y en el modo de relacionarnos con los demás.

También se modifica la percepción de la realidad, así como los límites entre presencia y ausencia, entre lo íntimo y lo público, entre el espacio virtual y el real. Pasamos de una lectura comprensiva a una lectura fragmentada y se favorecen planteamientos binarios —me gusta o no me gusta, bueno o malo— que dejan poco espacio para los matices.

Pero, si tuviera que señalar el aspecto más dañino, hablaría de la continuidad permanente. La tecnología está siempre disponible e interrumpe constantemente los distintos espacios de la vida. Muchas veces se difuminan los límites entre lo virtual y lo real, como si la vida en línea fuese más importante que la vida fuera de la pantalla. No es extraño encontrar niños y adolescentes que apenas desean salir de casa.

En resumen, el problema no es la tecnología en sí misma, sino su uso sin mediación simbólica y humana. Cuando faltan los límites, las palabras y los tiempos necesarios para elaborar la experiencia, la tecnología deja de ser una simple herramienta para convertirse en un agente que modifica las dinámicas psíquicas.

Cuando los niños se aburren o se enfadan, muchas veces buscan refugio en las pantallas. ¿Por qué darles una tableta o encender la televisión en esos momentos puede ser especialmente problemático?

El aburrimiento y el enfado son momentos claves de la vida. Cuando un niño se aburre o se frustra, se abre una oportunidad para la creación simbólica: puede fantasear, jugar, inventar, procesar y elaborar su malestar.

Si en esos momentos se recurre automáticamente a la tecnología, se evita ese tiempo de pausa que podría dar lugar a una respuesta creativa. En lugar de experimentar lo que siente y explorar posibles soluciones, se le ofrece una satisfacción inmediata. Así, se dificulta el desarrollo de recursos propios para afrontar la frustración.

Además, no creo que sean siempre los niños quienes busquen por sí solos la tecnología. Muchas veces son los adultos quienes ofrecen esas respuestas. Sin quererlo, transmiten una determinada manera de gestionar el malestar y pueden impedir el desarrollo de herramientas personales que permitan afrontar el aburrimiento o la frustración de forma más autónoma.

Hablemos de salud mental. Depresión, ansiedad, autolesiones o suicidio son palabras difíciles de pronunciar, pero cada vez aparecen con más frecuencia. ¿Estamos exagerando?

En mi práctica clínica veo cada vez más casos de personas que se hacen daño a sí mismas mediante autolesiones, consumos problemáticos o conductas que ponen en riesgo su vida y sus vínculos con los demás.

Hablar de depresión, ansiedad, autolesiones o suicidio nos confronta directamente con el sufrimiento humano. Creo que debemos preguntarnos qué está ocurriendo en la subjetividad contemporánea para que estas manifestaciones aparezcan con mayor frecuencia o visibilidad. No parece que se trate de una exageración.

Estos síntomas expresan un dolor psíquico intenso que no encuentra una vía adecuada para transformarse en palabra. Están relacionados con dificultades en los procesos de simbolización y reflejan un malestar real. También es cierto que hoy se habla más de salud mental, lo que contribuye a que estos fenómenos sean más visibles.

¿Cómo protegemos a nuestros niños y adolescentes?

La clave está en la presencia. Hay que observar, acompañar y establecer límites. La dependencia forma parte de la condición humana y nada encuentra sus propios límites de manera automática. Por eso la presencia de un otro es tan importante.

Los niños y adolescentes necesitan orientaciones claras sobre cuánto tiempo utilizar la tecnología, qué contenidos consumir o cuáles evitar. Iniciativas como la que se está desarrollando en Jaca pueden resultar muy valiosas porque fomentan la organización entre familias, el intercambio de experiencias y la reflexión compartida.

Es importante que existan espacios de diálogo donde puedan escucharse distintas realidades familiares y donde las estrategias se adapten a cada situación concreta, evitando recetas universales.

¿Y los límites?

Los límites son fundamentales, especialmente durante la infancia y la adolescencia. En la infancia, porque el psiquismo está en plena construcción. En la adolescencia, porque el cerebro aún no ha alcanzado su desarrollo completo.

Vivimos en una época en la que el discurso dominante transmite la idea de que todo es posible, de que no debemos perdernos nada y de que los límites son innecesarios. En ese contexto, muchos padres se sienten desorientados o cuestionados en su función educativa.

Sin embargo, el límite es contención, guía y cuidado. También implica asumir que, en ocasiones, poner límites puede generar enfado o rechazo. Los padres necesitan reflexionar sobre cómo viven ellos mismos esa tarea: si se sienten seguros, culpables, indecisos o incapaces. Comprender esas dificultades es fundamental para poder sostener los límites de forma coherente. 

¿Qué pueden hacer los padres que observan que la relación de su hijo con el móvil se está volviendo problemática?

Lo primero es comprender qué función está cumpliendo ese dispositivo en la vida del niño o del adolescente. Hay que preguntarse qué necesidad está cubriendo y qué malestar está tratando de aliviar.

Los padres también deben implicarse subjetivamente y analizar cómo viven ellos esa situación: si la minimizan, si la ignoran o si se sienten desbordados. A partir de ahí, es importante restablecer límites que no funcionen como una prohibición arbitraria, sino como una orientación necesaria.

En algunos casos puede ser conveniente buscar ayuda profesional. Lo ideal es contar con profesionales que escuchen cada situación concreta y eviten aplicar soluciones estandarizadas.

Si una familia ya ha entregado el móvil a su hijo y se arrepiente, ¿puede cambiar de rumbo?

Sí. No existe ningún punto de no retorno por haber entregado un móvil antes de tiempo.

Lo importante es evitar decisiones impulsivas o contradictorias. Más que retroceder, se trata de reformular la decisión tomada. Los padres pueden reconocer que actuaron con la información que tenían en ese momento y que, al observar determinadas consecuencias, consideran necesario introducir cambios.

Eso no debilita su autoridad. Al contrario, les permite ejercerla de forma más reflexiva. Cambiar de rumbo no es un fracaso; forma parte del proceso educativo. Los límites no son universales ni inmutables. Se construyen y se adaptan en función de lo que va ocurriendo en cada familia y en cada etapa del desarrollo.


ARTÍCULO Y ENTREVISTA: ADRIANA BIRSAN
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