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«La IA no solo amenaza empleos concretos. También pone en cuestión una sociedad que ha organizado ingresos, reconocimiento e identidad alrededor del trabajo»

El desafío no será solo repartir ingresos, sino organizar una sociedad en la que el trabajo deja de ser el eje principal.

Durante siglos, el trabajo ha sido mucho más que una forma de ganarse la vida. Ha definido posición social, reconocimiento, así como la manera en que nos presentamos ante la sociedad. Cuando conocemos a alguien, le solemos preguntar a qué se dedica, como si esa respuesta pudiera resumir la esencia de nuestro interlocutor. No decimos solo “trabajo como mecánico”. Decimos “soy mecánico”. Porque el empleo no ha sido únicamente una actividad económica, sino una de las formas más habituales de construir nuestra identidad.

Por eso el impacto de la IA (inteligencia artificial) no puede reducirse a una cuestión laboral. No se trata solo de contar los empleos que desaparecerán, sino de entender qué pasa cuando en una sociedad construida alrededor del trabajo, una parte importante del mismo deja de ser necesario.

Conviene ser prudentes con las cifras. Nadie sabe qué porcentaje de puestos desaparecerá ni a qué velocidad. Pero el impacto será enorme: el FMI calcula que cerca del 40% del empleo mundial puede verse afectado, una proporción que se acerca al 60% en economías avanzadas. Muchos empleos desaparecerán; otros se reducirán o cambiarán por completo.

La IA no hará desaparecer el trabajo de un día para otro. Lo más probable es un desgaste progresivo: menos contrataciones, equipos más pequeños, tareas absorbidas por sistemas automáticos y funciones que ya no necesiten a una persona a tiempo completo. Muchos empleos desaparecerán; otros se reducirán o cambiarán por completo. A veces el impacto será evidente. Otras, más silencioso: un puesto que no se cubre, un equipo que se reduce o una tarea que no justifica un salario.

La diferencia con otras revoluciones es que ahora no hablamos solo de fuerza física o de trabajos repetitivos. La IA afecta al análisis, la escritura, la programación, el diseño, la gestión o la planificación. Eso significa que incluso profesiones protegidas hasta ahora por su componente intelectual, van a ser automatizadas.



Pero el impacto no se agota en la productividad. Perder un empleo significa, primero, perder ingresos. Pero también perder relaciones, función social e incluso una parte importante de la propia identidad. Hemos construido una sociedad organizada alrededor del empleo: el trabajo sostiene el consumo, financia el Estado, condiciona la vida familiar y define muchas de nuestras obligaciones cotidianas. Por eso, si la IA hace innecesaria una parte importante de los empleos actuales, no estaremos solo ante un problema laboral, sino ante una transformación completa del modelo social.

La renta básica, la reducción de jornada o los impuestos a la automatización aparecerán inevitablemente en el debate. Pero ninguna de esas soluciones resolverá por sí sola el problema cultural. El desafío no será solo repartir ingresos, sino organizar una sociedad en la que el trabajo deja de ser el eje principal. Si durante siglos el empleo ha ordenado buena parte de nuestra vida, habrá que construir otra forma de organizar la vida en común.

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