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Quique Grávalos montado en la silla Joëlette durante la ascensión a Oroel por la cara sur. ALBERTO AYORA

El pasado 16 de mayo las laderas de Peña Oroel quedaron grabadas. Quedaron marcadas por la profundidad de las huellas que se dejan en el alma y no se olvidan fácilmente.

La jornada ha empezado temprano. Los nervios no han facilitado el descanso y además hay que madrugar para estar a las 09:00 h puntuales en el punto de inicio. Previamente la complejidad del día a día. Levantarse, vestirse, desayunar, ir al baño… Pasar con la grúa de la cama a la silla habitual. Y hoy una complicación más. Hay que volver a poner el arnés para pasar de la silla con ruedas a la silla Joëlette. Luego, subir la silla al vehículo adaptado y fijarla perfectamente. El estado de la pista que hay que circular no permite fallos. Cualquier movimiento brusco puede ser fatal.

A las 09:10 h la silla Joëlette comienza su recorrido por la senda del sur. Al lado Antonio Grávalos, con la mirada de quien conoce perfectamente la montaña y la magnitud del reto. Dentro de esa silla, su hijo Quique Grávalos. Cuarenta y cuatro años. Diagnosticado con distrofia muscular de Duchenne cuando tenía seis. En silla de ruedas desde los catorce. Con un respirador que no puede fallar. Diabético. Con dos barras de titanio sosteniéndole la columna. Y con una llama interior que nos ilumina a todas las personas que en ese mágico día estamos acometiendo el ascenso por el norte y por el sur. Una llama que da calor y hace frente al frío hiriente, a una sensación térmica muy baja y que nos complica aún más el reto. Siete capas de ropa, manoplas, gorro…

Quique decidió que ya era hora de mirar a la montaña cara a cara, no desde la distancia de un anhelo infantil, sino desde la fuerza de una voluntad colectiva. Primero fue la carrera y hoy es Oroel. Ver su silla avanzar, impulsada por personas que se relevan y corazones que laten al unísono, es el recordatorio más potente de que no hay más obstáculos que las barreras de nuestra mente. Que el primer paso para superar cualquier límite es romper la barrera mental del “no puedo”.

Quique llegó hasta la ermita de la Virgen de la Cueva, a 1.470 metros de altitud. No llegó a la cima. Y eso, lejos de ser un fracaso, es quizás la parte más importante de esta historia. Porque atreverse a plantear un reto es la verdadera gran victoria. Durante décadas, Quique contempló la silueta de la Peña Oroel sabiendo, en el fondo, que su silla de ruedas y su respirador asistido eran fronteras que la lógica consideraba infranqueables. Sin embargo, el deseo no entiende de imposibles cuando se transforma en un plan y hay una voluntad.



Podría haberse hecho de otra manera. Podría haber sido una salida improvisada, con buena voluntad y poca previsión. Una más de esas aventuras que a veces salen bien y otras terminan en tragedia. Pero no fue así. Fue un intento ejemplar. Meses antes del evento se empezó a diseñar y a trabajar. Se organizó un curso de pilotaje de la silla para que hubiera pilotos suficientes, se elaboró un plan de seguridad que contemplaba cada tramo del recorrido, cada riesgo posible, cada protocolo de actuación ante una emergencia médica.

Se duplicó el equipo imprescindible. Se adaptó la silla. Se establecieron roles claros y todo se coordinó con el 112, Cruz Roja y el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña. Con familia, amigos y voluntarios se preparó todo lo necesario. Se identificaron los puntos de mayor exposición. Se fijaron criterios objetivos para decidir si continuar o no. Se previeron los diversos escenarios de evacuación.

Y cuando se llegó a la ermita de la Virgen de la Cueva y se evaluaron las condiciones se tomó la decisión. Fue el mismo Quique quien reflexionó sobre cómo la presión de las capas de ropa, los nervios y la posición horizontal dificultaban su respiración, llevándole a la conclusión de que forzar el ascenso incrementaba peligrosamente las posibilidades de no regresar. Esa lucidez para reconocer el límite propio es lo que demuestra que es un maestro y dignifica el intento.

Vivimos en una cultura que glorifica el «éxito a toda costa» y se nos bombardea con la idea de que rendirse es fracasar. Quique y su equipo hicieron algo mucho más difícil que llegar a la cima. Demostraron que se puede querer algo con toda el alma y aun así elegir el momento de parar con lucidez y con seguridad. Para alguien con la condición de Quique cada metro de montaña supone una negociación constante entre el deseo y la prudencia. Llegar a 1.470 metros en esas condiciones no es un punto intermedio. Es, en sí mismo, una hazaña que hay que enmarcar.

Pero hay algo más. Algo que va más allá del propio Quique. Es el legado transcendente que se ha sembrado. Es la marea humana que ese día madrugaron, que se pusieron las botas y colaboraron altruistamente. Son el personal sanitario que asumió la responsabilidad. Son los pilotos expertos que vinieron de todos los rincones de España. Son los militares que ofrecieron su tiempo y su formación. Son los voluntarios que convirtieron su servicio en un acto de solidaridad. Son las decenas de personas anónimas que financiaron con sus aportaciones la silla Joëlette y que ahora quedará en Jaca para que cualquier persona con movilidad reducida pueda usarla. Y es la imagen de un niño de 9 años, también con Duchenne, alcanzando la cumbre, simbolizando que el camino abierto por Quique ya está dando sus frutos.

En un tiempo en el que la discapacidad todavía es sinónimo de exclusión, Quique y su equipo demostraron que vivir con plenitud la montaña es un derecho que todavía estamos construyendo. Y Jaca está construyéndolo.

Aunque Quique no llegó a la Cruz de Oroel ese día, el impacto de su esfuerzo llegó mucho más lejos. El reto movilizó a toda una comunidad y dejó en Jaca una silla Joëlette que permitirá a muchas otras personas con movilidad reducida disfrutar de los valles que antes les estaban vedados.

La historia de la Peña Oroel no terminó el 16 de mayo, simplemente hizo una pausa necesaria. Peña Oroel tiene 1.769 metros. Quique llegó a 1.470. Quedan 299 metros y una historia que no ha terminado. Él lo sabe. Los que estuvieron ese día también lo saben. Y mientras tanto, la silla Joëlette estará en Jaca. Disponible. Esperando a que otra persona que hasta ahora no podía, pueda. Quique no llegó a la cima ese día. Llegó mucho más lejos. Su ejemplo trascenderá.


Firmado: ALBERTO AYORA HIRSCH

 

Voluntarios y personas que quisieron sumarse a la iniciativa y que subieron por la cara norte hasta la cruz. MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ
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