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Incontrolable (I Swear, 2025)

Duración: 120 min. País: Reino Unido. Dirección: Kirk Jones. Guion: Kirk Jones. Reparto: Música: Stephen Rennicks. Fotografía: James Blann. Productoras:One Story High, Tempo Productions Limited. Distribuidora: Bankside Films.


El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico que se inicia en la infancia o la adolescencia, y se caracteriza por múltiples tics motores y vocales (sonidos o palabras). Estos movimientos son involuntarios y suelen ir precedidos de un impulso comparable a la sensación previa a un estornudo. Tradicionalmente considerado un síndrome extraño, a menudo se le ha asociado erróneamente con la exclamación de palabras obscenas o comentarios socialmente inapropiados. Frente a esos tópicos se sitúa esta película.

Estamos ante la historia real de John Davidson, diagnosticado con síndrome de Tourette a los 15 años. El protagonista luchó con una condición que pocos conocían y, ya de adulto, impulsó una campaña de visibilización y apoyo para quienes conviven con este trastorno. El resultado ha sido una película muy sólida, heredera del cine de Ken Loach y emparentada con otras joyas del cine social británico como Pride (2014).

El director, Kirk Jones, muestra el retrato de una realidad compleja, sin caer en lo trágico ni en la lamentación, y jugando con el lado cómico que puede brotar de cualquier situación adversa.

Jones establece una estructura predecible para esta biografía. Caída, sufrimiento, lucha, aceptación y reconocimiento. Algunos sectores críticos le han reprochado la reducción a un esquema simple. Sin embargo, en este film, ese esquema funciona perfectamente. El director logra que la historia resulte cercana, accesible y comprensible, sin perder profundidad.



En el reparto, mención especial merece su protagonista, Robert Aramayo, quien fluye por el filme, permitiéndonos contemplar una existencia marcada por la incomprensión. Aramayo, evita tanto la ridiculización como el tono lastimero. Al final, empatizamos con el personaje y sus dificultades cotidianas, y, sobre todo, nos hacemos cargo de su frustración. Ni payaso ni mártir. Es un discurso sobre la dignidad de un ser humano, frente a la ignorancia y el miedo al qué dirán, elementos que convierten la vida de este joven en un verdadero calvario.

Más allá de su previsible arquitectura narrativa, la película logra algo poco común en el cine biográfico sobre discapacidades neurológicas. No convierte los tics en un mero recurso cómico, ni en un elemento sensacionalista. El sonido ambiental y la edición del ritmo interno, imitan, en ocasiones, la intermitencia imprevisible del trastorno, sumergiendo al espectador en una experiencia sensorial similar al impulso previo al tic. Ese detalle de puesta en escena, sutil pero constante, distingue a la película de otros dramas de superación, y refuerza su vocación pedagógica sin perder un ápice de emoción.

Podríamos estar ante una posible candidata a los premios Oscar en la edición de 2027, sin olvidar que ya acumula seis nominaciones en los Bafta. Una producción emotiva, dotada de grandes dosis de humanidad y sentido del humor, que conmueve, tanto por la lucha de superación, como por los aspectos pedagógicos que vertebran toda la historia.

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