La ciudad reafirma su identidad colectiva en una jornada multitudinaria que vence a la incertidumbre meteorológica
Jaca volvió a reconocerse a sí misma en la celebración del Primer Viernes de Mayo, en una jornada marcada por la alta participación, la intensidad emocional y una sensación general de éxito que fue creciendo a medida que avanzaba el día. La amenaza de lluvia, presente desde primera hora, no llegó a alterar el desarrollo de los actos y acabó convirtiéndose en un elemento más del relato: una tensión que se disipó justo a tiempo para que el himno sonara bajo el sol, en una imagen que muchos interpretaron como símbolo de continuidad.
Las calles, llenas desde primera hora, ofrecían ya la medida de la jornada. A la presencia habitual de los jaqueses se sumaba este año la llegada de numerosos visitantes, favorecida por el puente festivo, lo que contribuyó a reforzar la sensación de una fiesta abierta, pero profundamente arraigada. El ambiente, entre expectante y festivo, acompañó todo el recorrido de la mañana hasta desembocar en una tarde de plenitud.
La síndica, Laura Climente, resumía esa vivencia desde dentro: “la estoy disfrutando mucho… hemos podido bajar a la ermita, hemos estado en la misa… es un día muy entrañable, bonito, representando a la ciudad de Jaca”, subrayando además el ambiente en la calle: “Jaca está lleno de gente, se nota el cariño de todo el mundo”. Una percepción compartida por el alcalde, Carlos Serrano, que situaba la jornada en términos casi simbólicos: “hemos vencido dos batallas, la de la tradición y la de las inclemencias meteorológicas”, para insistir después en el carácter profundo de la celebración: “es un sentimiento con el que se nace… es la fiesta del pueblo”.
El desfile de la mañana, la liturgia de la costumbre
A las ocho en punto, con el cielo cubierto y una temperatura suave, la diana musical de la Banda Municipal Santa Orosia marcó el inicio de la jornada. La ciudad se puso en movimiento con esa cadencia reconocible de emociones, mientras las escuadras comienzan a formar en sus puntos tradicionales del Paseo de Invierno y el Portal de Monjas.
El desfile avanzó por la calle Mayor ante una corporación municipal que aguardaba en la casa consistorial para incorporarse a la romería. En ese primer recorrido se pudo percibir ya la diversidad de actitudes que conviven en la fiesta: rostros concentrados, miradas infinitas y sonrisas claramente abiertas. Cada escuadrista, en su manera de marchar, proyecta una forma distinta de vivir el momento.
La figura de la síndica, Laura Climente, concentró buena parte de las miradas. Vestida con la gramalla y portando la bandera de la ciudad, avanzó con determinación en una escena cargada de significado. En un instante fugaz, los pliegues de la tela dejaban ver el lema “Victoria”, mientras su mirada se elevaba hacia el cielo, como si buscara una confirmación que llegaría horas más tarde.
Su presencia adquiría aún más valor por el cumplimiento de la promesa de descender a pie hasta la ermita. “He tenido ahí un momento de debilidad… pero como desde la escuadra me dijeron que desde 2014 nadie la había bajado, me la eché al hombro”, relataba después, en una imagen que conecta con la dimensión más íntima de la fiesta: la del compromiso personal con la tradición.
El desfile estuvo marcado también por los relevos generacionales. La apertura corrió a cargo de Merche del Monte como abanderada de la Hermandad, mientras Naike Cantón y Fernando Martín asumían por primera vez sus responsabilidades con las banderas de sus escuadras. En paralelo, Christian García debutaba como capitán de los Artesanos, tomando el relevo de su padre, Carlos García, en una transición que encontraría su momento más emotivo horas después.
La romería a la ermita de la Virgen de la Victoria volvió a escenificar el cumplimiento del voto histórico que la ciudad mantiene desde siglos. Este año, además, incorporó un elemento significativo con la primera celebración oficiada por el obispo Pedro Aguado, que presidió tanto la misa como la bendición de términos y el recuerdo a los difuntos.
Alrededor de la ermita, las hogueras dibujaron ese espacio de convivencia que constituye uno de los núcleos más populares de la jornada. Familias, grupos de amigos y visitantes compartieron el almuerzo en un ambiente distendido que contrasta con la formalidad del desfile, pero que forma parte esencial de su continuidad.

Fotografías de la romería a la ermita de la Victoria. Las imágenes del almuerzo son de Ricardo Grasa y las de la misa, de Laura Zamboraín. EL PIRINEO ARAGONÉS
El desfile triunfal, la emoción en ascenso
La lluvia, que hizo acto de presencia entre ambos desfiles, apenas tuvo tiempo de instalarse. Media hora antes del inicio de la entrada triunfal del Conde Aznar, el cielo comenzó a abrirse hasta dejar paso a una luz clara que acompañó el desarrollo del acto central.
La llegada del Conde por la avenida Regimiento Galicia fue recibida con vítores constantes. La figura, espada en alto, avanzaba entre el público en uno de los momentos más intensos del recorrido. Chema Martínez, que encarna al Conde por segundo año, reconocía la diferencia respecto a su debut: “este año ha sido una gozada… el día ha sido redondo”, destacando además la coincidencia con la síndica, compañera de partido en el consistorio jaqués.
Tras las primeras descargas en el Paseo de la Constitución, el desfile se adentró en una calle Mayor completamente abarrotada. La densidad del público, superior a la de otras ediciones, reforzaba la sensación de acontecimiento. No era solo un desfile, era una afirmación colectiva de todos los jaqueses.
En la plaza de la Catedral, el canto de la salve devolvió el tono ceremonial al conjunto. Los saludos de banderas —Cortejo Histórico, Labradoras y Labradores, Artesanas y Artesanos— y las descargas posteriores marcaron uno de los momentos de mayor intensidad simbólica.
Fue también allí donde se produjo una de las imágenes más significativas del día: el abrazo entre Christian García y su padre tras la última descarga de los Artesanos. Un gesto breve, pero cargado de significado, que sintetiza el paso del tiempo dentro de la continuidad.
El himno, un pueblo que se reconoce
La llegada al Ayuntamiento elevó definitivamente la temperatura emocional de la jornada. Los escuadristas fueron recibidos entre vítores, cantos y aplausos, en una escena que concentra el pulso de la fiesta. Allí se repitieron los saludos de banderas y las descargas antes del momento esperado.
El himno sonó bajo el sol, después de una mañana de incertidumbre, y lo hizo con una intensidad que fue más allá de lo musical. Fue, una vez más, un acto de afirmación colectiva. Un instante en el que el tiempo parece detenerse y en el que cada participante, desde su lugar, se reconoce en algo común.
En el posterior acto en el salón de recepciones, el alcalde insistía en esa idea: “las únicas gotas que hemos visto son las lágrimas de emoción”, destacando la unidad del pueblo: “aquí no hay colores, aquí solo hay un pueblo”. Un sentimiento que, como subrayó, no solo se vive, sino que se transmite.
Carlos García, presidente de la Hermandad, ofrecía una mirada complementaria desde su nueva posición: “ha sido espectacular… verlo desde fuera te permite apreciar de otra manera a la gente y a las escuadras”, poniendo en valor el trabajo colectivo que sostiene la fiesta.
Un cierre que es continuidad
La jornada concluyó con las salvas en la plaza Biscós en recuerdo de los fallecidos, cerrando un ciclo que, lejos de agotarse, se proyecta hacia el siguiente año. Porque si algo volvió a demostrar este Primer Viernes de Mayo es que no se trata solo de una celebración, sino de un mecanismo de transmisión. Un día en el que Jaca no solo recuerda su historia, sino que la vuelve a escribir.









































































