
Whistle: El silbido del mal
Duración: 100 min. País: Canadá. Dirección: Corin Hardy. Guion: Owen Egerton. Reparto: Dafne Keen, Sophie Nélisse, Sky Yang, Jhaleil Swaby, Ali Skovbye, Percy Hynes White, Nick Frost. Música: Doomphonic. Fotografía: Björn Charpentier. Productoras: No Trace Camping, Wild Atlantic Pictures. Distribuidora: IFC Films.
El director irlandés Corin Hardy, tras habernos sorprendido gratamente con La monja en 2018, vuelve con las mismas premisas en su nueva producción. Es un director que no esconde sus referencias; más bien rinde homenaje a sus cineastas favoritos: Wes Craven, John Carpenter o Paul Verhoeven. Además, es muy hábil mezclando guiños y cruzando referencias cinéfilas que tanto nos gustan a los seguidores del cine de terror, especialmente del subgénero slasher, cuya principal característica es la presencia de un psicópata o asesino en serie que elimina a sus víctimas de manera violenta y brutal.
La premisa del film es presentarnos a un grupo de inadaptados que encuentran por accidente un objeto maldito: un silbato de la muerte azteca. Al soplarlo, descubren que su sonido invoca sus propias muertes futuras para perseguirlos. Una trama que podríamos considerar poco original, pero Hardy consigue aportar un punto distintivo en el perfilado de los personajes y en el establecimiento de lazos emocionales entre ellos, más interesantes y profundos de lo habitual en este tipo de películas.
Podríamos decir que es una mezcla entre El club de los cinco, por el tipo de personajes —inadaptados o populares—, y Destino Final, donde la muerte persigue a quienes escaparon de ella. También bebe directamente de Smile y The Ring, tanto por su potencia visual como por los sustos que provoca. Un gran acierto es el reparto femenino que sostiene el peso de la película, con Sophie Nélisse, Dafne Keen y Alissa Skovbye. También destaca una fotografía que llega a dar miedo, especialmente en pasillos y callejones, con un trabajo visual cuidado y atmosférico.
En definitiva, Whistle no pretende reinventar el género, pero afianza la tradición del horror contemporáneo con un estilo que combina lo que ya conocemos con destellos de novedad. Es una película entretenida, fresca y con imágenes perturbadoras. Y sorprende pensar que este film se ha construido con apenas dos millones de euros y un guion de Owen Egerton que su director ha sabido aprovechar al máximo.










