
Religiosa de Santa Cruz de Jaca, trage de Coro. Dibujo de Valentín Carderera, ca. 1850. Biblioteca Nacional de España.
Algunas de las últimas Benitas recordaban cómo, en la década de 1950, ellas mismas habían ayudado a los pintores de la empresa Viscasillas-Sanjuán a blanquear las paredes de la iglesia de San Ginés y a barnizar la sillería del coro. Podría parecer extraño que, en pleno franquismo, unas monjas de clausura se codearan con pintores laicos, pero en las Benitas aquello era casi más la norma que la excepción: las monjas no solo rezaban, bordaban y encuadernaban, sino que también se empleaban a fondo con la brocha, la paleta y, cuando tocaba, con capazos llenos de escombros para reformar su monasterio.
Las mismas Benitas recordaban cuánto habían rezado para que uno de los pintores pudiera tener un bebé. Las plegarias debieron de surtir efecto, pues unos pocos años más tarde aquel pintor matriculó a su hija en el Colegio de la Asunción. Como tantas otras chicas de Jaca y las comarcas cercanas, la niña se educó en alegría, en cultura y, como acostumbraba a recordar otra de las Benitas, en valores. Generaciones de chavalas y chavales crecieron con esa escala de valores cristianos de la que hablaba la sor, una sólida educación básica, manualidades primorosas y pequeños gestos cotidianos que todavía rememoran con inmenso cariño.
La del pintor y su hija es una entre miles de historias y vivencias que atestiguan el estrechísimo vínculo, forjado a lo largo de los siglos, entre las gentes de la montaña y las Benitas: religiosidad, cultura, educación, patrimonio, espiritualidad, afecto, descanso… Aunque algunos fueron siempre conscientes de la importancia extraordinaria de la comunidad benedictina, su patrimonio milenario y el enclave que ocupaba en Jaca, otros no reparamos en la entidad real de las Benitas hasta que anunciaron su marcha, hace ahora un año.
Sobrecogidos todavía por la partida de las monjas, desde la Asociación Sancho Ramírez solicitamos la declaración del monasterio como Bien de Interés Cultural (BIC). Lo hicimos con el apoyo de otras asociaciones patrimonialistas, convencidos de que el Gobierno de Aragón sabría reconocer el valor único de la comunidad milenaria y del espacio que habitó en Jaca durante casi cinco siglos. Fundación y panteón real, las Benitas han sido la institución más longeva de la historia aragonesa y una de las más antiguas de España, una comunidad que supo transformarse al compás de los tiempos y adaptarse a un mundo y una sociedad en constante cambio.

Claustro renacentista del Monasterio de las Benitas, en una imagen facilitada por el autor del artículo.
Por eso, cuando el 11 de febrero se publicó la resolución de la Dirección General de Patrimonio Cultural de la DGA, varios tuvimos que leerla dos o tres veces para asegurarnos de que no nos engañaba la vista: algunas partes del conjunto monumental, como la iglesia o la cripta, su fabulosa colección de arte mueble y los valiosísimos archivos monásticos se declaraban Bien Catalogado, la versión menor del BIC. La sorpresa se tornó aún más desagradable cuando contrastamos la resolución con los informes técnicos y comprobamos que la Dirección General de Patrimonio había desoído las recomendaciones de los técnicos de declarar BIC la cripta y la muralla, como parte del primitivo palacio real, y todo el recinto monástico como zona de prevención arqueológica, por el tremendo potencial de un espacio que acumula veintitrés siglos de historia.
Los informes todavía nos depararon varias sorpresas más que sería largo detallar, así que habrá de bastar con un ejemplo para comprender lo alto que pusieron el listón los técnicos del Gobierno de Aragón. Según el informe, el estado de conservación del conjunto monástico debía evaluarse como “MEDIO/ALTO”. La razón para no otorgarle la máxima puntuación era que se habían detectado, y cito literalmente, “algunas pequeñas humedades” en la sacristía. Una gotera. En la sacristía. MEDIO/ALTO. Habré leído una decena de veces ese pasaje y aún me resulta incomprensible. Cabe recordar que esta evaluación proviene del mismo Gobierno de Aragón que ha invertido millones de euros en rehabilitar dos monasterios benedictinos ruinosos como son San Juan de la Peña nuevo y San Victorián, ambos Bien de Interés Cultural. El baremo de las Benitas solo puede explicarse por la falta de medios y personal para realizar la evaluación.
El informe estaba plagado de valoraciones como esta, así que la Asociación Sancho Ramírez se embarcó en la aventura de preparar unas alegaciones a la resolución en tres semanas. Con la colaboración inestimable y generosa de juristas, historiadores, historiadores del arte y arqueólogos, logramos trenzar un escrito de alegación bien fundado, un documento que ahora se encuentra disponible en la página web de la asociación.
Las alegaciones repetían, en realidad, algo que desde la Asociación Sancho Ramírez veníamos recordando casi desde el primer momento: que no debían tenerse en cuenta solo las piedras del monasterio, que no podían soslayarse la historia de la comunidad, la importancia del solar en el que se edificó el monasterio, el valor extraordinario del arte y los documentos que alberga o el vínculo estrechísimo entre la comunidad y la ciudad de Jaca. Dijimos, creo que, con acierto, que las Benitas eran mucho más que un monasterio.
Dijimos también que sería necesario buscar una fórmula de gestión de todo ese patrimonio material e inmaterial en la que participaran las personas y las instituciones que habían recorrido la historia junto con las Benitas. Nuestro mayor temor era que no se estableciera un diálogo constante y fluido entre esas personas e instituciones. Hace unas semanas, con el traslado de los archivos monásticos a Huesca y el posterior cruce de declaraciones, se constató que esa interlocución no había existido.
Por fortuna, todo quedará en un malentendido si finalmente se entabla ese diálogo, fluido, honesto, constante y transparente que venimos reclamando desde el principio. Las personas e instituciones implicadas cuentan con ejemplos cercanos de gestión exitosa del patrimonio, así como con propuestas que pueden servir de inspiración para lograr que, como todos deseamos, el convento de San Ginés siga siendo un espacio de cultura, silencio, memoria e identidad.
Algunas de las últimas Benitas recordaban cómo el pintor, como todo buen yayo, presumía de nietos cada vez que visitaba el monasterio. Uno de esos nietos, impresionado por los cantos en latín y la solemnidad de la liturgia, empezó a frecuentar la iglesia de las Benitas los domingos y fiestas de guardar. Los años fueron mermando la comunidad y quebraron poco a poco las voces de las monjas, así que el nieto del pintor, ahora organista improvisado, acabó ayudando como bien supo a mantener esa sencilla pero profunda belleza que las Benitas imprimieron a cada celebración hasta su marcha.
Seguramente no podremos recuperar a las Benitas. Parece casi imposible. Pero tampoco podemos dejar perder su legado. La Asociación Sancho Ramírez seguirá defendiendo donde sea necesario que el conjunto monumental del Real Monasterio de Santa Cruz de la Serós de Jaca es un Bien de Interés Cultural del Patrimonio Cultural Aragonés.
Pero es que las Benitas son mucho más que un BIC. Su legado desborda lo legal, lo histórico o lo artístico y se adentra en algo más trascendente, quizás inefable. Para cuidar y actualizar ese legado hará falta, esta vez sí, diálogo, un diálogo constante, honesto y real. Se lo debemos a las monjas, a los pintores, a sus hijas, nietos, biznietas y a todos los que vengan después.

