“A diferencia del pasaje cervantino, esta vez no estamos ante molinos, sino frente a gigantes de verdad”

Molinos de Consuegra, en una imagen de Pixabay.
Cuando el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, manifestó con rotundidad su oposición a la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, recibió tanto elogios como críticas de distinto grado de ferocidad. Nada nuevo ante el panorama de polarización política del país. Pero entre las reacciones a la posición del presidente llamó la atención la acusación de quijotismo, es decir, la de defender una postura noble pero excesivamente idealista y que, por tanto, siguiendo la estela del caballero manchego, iba a desencadenar terribles consecuencias. Sánchez se enfrentaba a los molinos de viento en un lance político del que él y España iban a salir trasquilados.
Volvía así al debate público uno de los eternos mitos hispanos: el de querer defender la justicia y la verdad más allá de los razonable. El “no a la guerra” de Sánchez iba sin duda a encorajinar al presidente de Estados Unidos (como así ocurrió), quien, en su habitual actitud agresiva hacia los países que no le bailan el agua, iba a ordenar represalias que nos costarían caras. La actitud del líder socialista fue inmediatamente denunciada por la oposición como un intento de ganar votos aun poniendo en peligro algunos intereses españoles. Se seguía cumpliendo el guion previsto.
Pero pasadas las primeras semanas de la guerra, cada vez eran más las voces que denunciaban la ilegalidad internacional de un conflicto que tiene nefastas consecuencias para todos. A diferencia del pasaje cervantino, esta vez no estamos ante molinos, sino frente a gigantes de verdad. Los ataques israelís y norteamericanos a Irán y la respuesta persa contra el Estado hebreo y sus aliados en Oriente Medio han desencadenado una crisis global a la que nadie ve fin y cuyas repercusiones son cada día más graves.
Cabe preguntarse ahora si la posición del gobierno español, que, por su contundencia, fue más lejos de las de sus socios europeos en el rechazo de los ataques a Irán, era la más indicada por dejar al país expuesto a la venganza del Washington trumpista. Nuestra opinión, más allá de partidismos, es que la defensa del orden mundial, de la paz y de la justicia debe ser protegida a toda costa, con rapidez y sin titubeos. Sobre todo, porque cuando nos hemos adentrado en la “era del caos”, en palabras del secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, es más necesario que nunca que las voces sean claras y concluyentes. La del Gobierno español lo fue y lo es. Una actitud que, sin embargo, se echó de menos en el conflicto con el pueblo saharaui.
Ha ocurrido, además, que don Quijote ya no está solo en las llanuras castellanas. Europa se ha negado a secundar la aventura bélica de Donald Trump y Benjamín Netanyahu. “Esta no es nuestra guerra”, han dicho altos mandatarios británicos, franceses y alemanes al ser requeridos por Estados Unidos para realizar operaciones militares de apoyo que devuelvan a la normalidad el tráfico de barcos en el estrecho de Ormuz. Era la postura lógica (y nada quijotesca) cuando nadie del otro lado del Atlántico consultó a los supuestamente aliados europeos antes de lanzar los ataques sobre Irán.
Los analistas políticos juzgarán si los modos en los que Pedro Sánchez proclamó su rechazo a la guerra fueron los más acertados o si pudo hacerlo de una forma menos irritante para la Casa Blanca. Pero lo que para nosotros resulta indiscutible es que el Gobierno español no se dejó llevar por un utopismo izquierdista. Simplemente señala dónde están la racionalidad, la legalidad y el orden internacional.
Los desvaríos no son en este caso de unos políticos europeos anclados en un viejo orden y metidos a “desfacer entuertos”, sino de unos dirigentes de la primera potencia mundial que creen que el mundo es suyo y en su delirio dictan cada mañana quién debe ser salvado y quién condenado. Parar esta escalada bélica debería ser la prioridad para Europa. Y no solo por el encarecimiento del gas y del petróleo. Lo que está en juego es si el futuro de la humanidad va a estar regido por leyes o volvemos a lo peor de las agresiones imperiales, la guerra, la rapiña y la barbarie.

