
Miguel Ramón Henares en la Ciudadela de Jaca, uno de los lugares que más le inspiraron y que mejor plasmó en sus fotografías. ANA LÓPEZ ARTILLO
Miguel Ramón Henares, amigo, fotógrafo y, sobre todo, una gran persona, falleció el Viernes Santo a los 81 años. Esta vez no pudo acudir con su cámara a la procesión, ni detenerse ante la mirada del Cristo de Biscós —uno de sus preferidos— mientras los hermanos de la Real Cofradía de la Sangre de Cristo lo mecían sobre sus hombros. Tampoco pudo inmortalizar el homenaje que los hermanos de La Soledad rindieron al deán Valentín Garcés, fallecido el pasado mes de febrero. Pienso ahora en ese instante, en la Virgen avanzando con su leve balanceo antes de incorporarse a la procesión, y reconforta imaginar que, de algún modo, también estaba participando de ese momento.
La última vez que nos vimos fue el Martes Santo, antes de la procesión del Silencio. Le pregunté qué tal estaba. “Regular”, respondió, con esa sinceridad tan directa que siempre manifestaba. No eran buenos días. Poco después, la saeta de Chola rompió el silencio ante el Cristo y cada uno siguió su camino, como tantas otras veces, buscando esa imagen distinta, esa fotografía que no necesita ninguna explicación.
Para Miguel Ramón Henares, la fotografía fue el motor de una etapa decisiva de su vida. Llegó a ella en la jubilación, casi por casualidad, pero con una intensidad que pronto se convirtió en vocación. “Empecé con mi hijo, hace más de una década, en un cursillo; como no tenía cámara propia, comencé con la suya, y enseguida vi que me gustaba”, explicaba. Desde entonces, se definía como un fotógrafo inconformista, siempre en búsqueda, siempre aprendiendo. Su filosofía era sencilla y honesta: aprender de los demás y disfrutar del proceso.
Ese descubrimiento le dio mucho más que una afición. Le permitió mantenerse activo, sostener la ilusión y, sobre todo, relacionarse, compartir, formar parte de una comunidad. Así nos conocimos, en ese espacio común donde la fotografía era la excusa y el vínculo para ir forjando una estrecha relación personal. Con el tiempo, aquel primer contacto fue creciendo hasta convertirse en una amistad sincera, basada en el respeto, la empatía y una admiración mutua que nunca necesitó de grandes palabras.
Ana López Artillo, compañera de tantas jornadas fotográficas, me comunicó la noticia de su fallecimiento. Aún emocionada, me decía que Miguel había sido su referente. Y lo era. Pero también es justo decir que esa admiración era recíproca: Miguel encontraba en Ana un espejo donde seguir creciendo.
Hace cuatro años, con motivo de la presentación del libro Jaca y la Jacetania, escribí que ambos formaban parte del paisaje jacetano. Lo sigo pensando. Integrados en sus fiestas, atentos a la vida social y cultural, han contribuido con sus imágenes a proyectar la ciudad más allá de lo local. Sus fotografías han sabido captar tanto la espontaneidad del instante como la paciencia de quien espera la luz exacta, el encuadre preciso o ese detalle que otros no son capaces de ver.
“Intento captar el momento, pero con plasticidad”, decía Miguel, buscando siempre ese equilibrio entre realidad y estética. Disfrutaba especialmente de las celebraciones —Santa Orosia, el Primer Viernes de Mayo, la Semana Santa—, pero también del paisaje y del deporte, especialmente aquellos vinculados al hielo. Su mirada era amplia, curiosa, siempre dispuesta a detenerse.
En un tiempo en el que las imágenes se consumen con rapidez y se olvidan aún más deprisa, Miguel y Ana han logrado algo poco frecuente: que sus fotografías perduren, que sean reconocidas y valoradas. No solo por sus seguidores, sino también por editores y medios. Porque sus imágenes, más allá de su belleza, constituyen un archivo vivo de lo que somos. Un día, cuando este presente sea pasado lejano, alguien volverá a ellas para entender cómo vivíamos, cómo sentíamos, cómo era la vida en estos años.
Ese es uno de sus grandes legados. El otro, quizá aún más valioso, era su forma de ser. Su disponibilidad constante, su colaboración desinteresada con asociaciones, colectivos y clubs deportivos. Quienes trabajamos en un medio de comunicación sabemos bien lo que eso implica: largas esperas, horarios imposibles, fines de semana sacrificados. Miguel estuvo siempre ahí.
Durante años colaboró con El Pirineo Aragonés. Sus fotografías acompañaron la vida del periódico y de la ciudad: fiestas, tradiciones, competiciones deportivas. Sus últimas imágenes fueron en partidos del CF Jacetano, un deporte que conocía desde joven y que seguía disfrutando con la misma pasión. También firmó portadas recordadas, como la del pendón de la Real Cofradía de Santa Orosia bandeándose en el interior de la Catedral el Domingo de la Trinidad, una de esas imágenes que hablan por sí solas.
Había otro territorio que le fascinaba especialmente, quizá menos conocido: la fotografía nocturna. La búsqueda de la luz de las estrellas. Entre sus imágenes más queridas, recordaba una tomada en el puente de San Miguel bajo la Vía Láctea. “Fue una noche de verano, con Diego Fernández; una fotografía compleja, pero con un resultado espectacular”, contaba. En esa imagen hay algo que lo define: la capacidad de revelar lo que siempre ha estado ahí, aunque no sepamos verlo.
Se ha ido Miguel Ramón Henares. El fotógrafo, el amigo, la persona buena. Quedará su ausencia en ese paisaje cotidiano donde siempre aparecía, cámara en mano o tomando un café en una terraza de la plaza Biscós. Pero también quedará su mirada, su forma de detener el tiempo y de captar el latir de la vida en una instantánea.
Quiero pensar que se ha ido, como tantas veces, a buscar la luz de las estrellas. Que está ahí, en algún lugar, componiendo una imagen imposible, midiendo la oscuridad para extraer de ella su belleza. Y que algún día volverá, como hacía siempre, para enseñarnos lo que no habíamos sabido ver: la inmensidad silenciosa del universo, tan vasta y generosa como ese corazón suyo que, simplemente, decidió detenerse.
Buen viaje, amigo.
