
Un niño toca el tambor con la cara descubierta, rodeado de cofrades, al paso de la procesión por el Pozo del Rey, entre las calles Ramiro I y Carmen. EL PIRINEO ARAGONÉS
Es una escena que pasa casi desapercibida, como tantas otras tradiciones que muchas veces se repiten sin necesidad de explicaciones. Cuando el paso de la Coronación de Espinas alcanzó la plaza de la Catedral, a las once en punto de la noche, la verja de la lonja pequeña se cerró. No hubo ningún anuncio ni gesto solemne: simplemente sucedió. El párroco de la catedral, Miguel Domec, acompañado por el sacerdote Adilson de Jesús Pereira, echó el cerrojo con naturalidad, como quien cumple con un rito heredado y aprendido. “Viene de siempre”, explica Domec, en esa expresión que, más que precisar un origen, confirma su arraigo. Es una costumbre poco conocida incluso entre los propios jacetanos, pero cargada de sentido simbólico: un umbral que se clausura mientras el paso avanza, como si la ciudad se recogiera ante el tránsito del dolor.
Tras ese instante inadvertido para la mayoría de las personas que se encontraban en la plaza, la procesión del Vía Crucis prosiguió su recorrido por el casco histórico, devolviendo a las calles el ritmo pausado de una de las celebraciones más sobrias de la Semana Santa jaquesa. Organizado por la Cofradía de la Flagelación de Nuestro Señor Jesucristo, el cortejo partió pasadas las diez de la noche desde la iglesia de Santiago, con los pasos de la Flagelación y la Coronación de Espinas, obras del escultor Luis Salvat que destacan por su expresividad. Tras ellos, un numeroso grupo de fieles acompañó el desarrollo de las catorce estaciones, leídas por voluntarios en distintos puntos del itinerario.
El recorrido, de carácter circular, transitó por las calles Coso, Carmen y Obispo, con parada en la plaza de la Catedral antes de continuar hacia Bellido, Zocotín y Ramón y Cajal y Ferrenal. Las estaciones, señalizadas con tablillas, marcaron el ritmo de la procesión, en la que se alternaron las lecturas con los toques de la banda. Tras cada escena, el sonido de la gaita se elevó en la noche, seguido por el redoble de tambores y bombos, en una cadencia que subrayaba el carácter meditativo del acto. La diferenciación en los atuendos —capirotes para los cofrades que portan los pasos y tercerol para los músicos— volvió a ser uno de los rasgos distintivos de esta procesión.
El Vía Crucis, vinculado a la tradición cristiana desde las peregrinaciones a Jerusalén, recrea el camino de Jesús hacia el Calvario a través de catorce estaciones que rememoran episodios de la Pasión. En Jaca, este esquema adquiere una dimensión propia al integrarse en el tejido urbano y en la participación de las cofradías. Más allá de su significado litúrgico, se configura como un itinerario colectivo que combina silencio, oración y acompañamiento, permitiendo una lectura progresiva del relato evangélico en el espacio de la ciudad.
Esa dimensión contemporánea fue subrayada días antes por el pregonero de la Semana Santa, Toño L’Hotellerie, quien al referirse a la Cofradía de la Flagelación destacó no solo su origen —a mediados del siglo XX— y los pasos que custodia (Cristo atado a la columna, el Señor con la corona de espinas y el Ecce Homo), sino también su proyección social. En su intervención, vinculó el sentido de la flagelación con realidades actuales como la violencia, la soledad o la injusticia, proponiendo una lectura del sufrimiento que trasciende el tiempo y encuentra eco en el presente.
Esa idea se hizo visible en la noche del Jueves Santo, donde la procesión no se limitó a reproducir un relato del pasado, sino que lo trasladó a las experiencias actuales. La ciudad, envuelta en una temperatura suave y con un ligero viento, acompañó en silencio el discurrir de los cofrades. Y en ese tránsito, entre las estaciones y los sonidos, entre la tradición y el presente, quedó también ese pequeño detalle —una verja que se cierra— como una señal discreta de continuidad y que da sentido profundo a la celebración.
















