A las doce en punto, la plaza de San Pedro volvió a convertirse en el centro de una de las escenas más características de la Semana Santa de Jaca. El silencio previo, apenas mantenido por los cofrades durante unos instantes, dio paso a la señal que activó la Rompida de la Hora, en la que participaron de forma conjunta las bandas de bombos y tambores de las cofradías y hermandades de la ciudad.
La señal fue realizada por los hermanos Miguel Calvo, al tambor, y Fernando Calvo, al bombo, junto a los niños Daniel Rabal, Pablo Callizo, Candela Aísa, Nora Gairín y Sofía Rabal, integrantes de la Cofradía de la Flagelación de Nuestro Señor Jesucristo. Tras ese primer compás, las distintas bandas entraron de manera progresiva hasta conformar un bloque sonoro continuo, sostenido durante diez minutos con intensidad y coordinación.
En torno a la catedral se concentró un numeroso público, que siguió el desarrollo del acto pese a lo avanzado de la noche. La ausencia de viento y una temperatura más templada que en horas anteriores favorecieron la permanencia de los asistentes en la plaza, donde el sonido adquirió un carácter envolvente, extendiéndose por el entorno inmediato.
La actividad de las bandas se había desarrollado previamente en distintos puntos del casco histórico, donde fueron alternando ubicaciones y ejecutando sus toques ante grupos de espectadores que se formaban a su alrededor. Ese recorrido permitió mostrar la diversidad de estilos y ritmos trabajados durante las semanas previas, dentro de una dinámica que combina participación y exhibición.
La Rompida de la Hora, incorporada en los últimos años al programa de la Semana Santa, mantiene su capacidad de convocatoria y su carácter colectivo. La presencia de participantes de distintas edades, en muchos casos vinculados por tradición familiar, refuerza una práctica que encuentra en el sonido su principal elemento de expresión.
Al término de la interpretación comenzaron a caer algunas gotas de lluvia, sin incidencia en el desarrollo del acto. La plaza fue recuperando de forma paulatina su pulso habitual sin el sonido de los bombos y tambores, ya dentro de la dinámica propia del Jueves Santo.

