“Me siento con un orgullo indescifrable”, aseguró el pregonero tras completar un recorrido emocional por las cofradías y hermandades de Jaca
Era previsible que en algún momento del acto surgiera la emoción, pero, al final, acabó imponiéndose como el verdadero eje del pregón de la Semana Santa de Jaca. Toño L’Hotellerie decidió no escribir su cierre y dejar que el momento hablara por él. Y así, sin la protección del personaje ni del texto aprendido, el actor se dirigió al público desde el altar mayor de la catedral con una mezcla de cercanía, gratitud y evocación que terminó con un gran aplauso por parte de los asistentes.
“Soy actor y siempre me escondo detrás de la máscara de los personajes”, confesó. “Venir hoy siendo yo mismo me daba vértigo”. Ese vértigo se transformó en emoción al reconocerse rodeado de rostros conocidos, de una ciudad que forma parte de su biografía y de un espacio cargado de significado: la Catedral, “esas piedras” a las que quiso dedicar su intervención, junto a la Ciudadela, “donde estoy escribiendo las últimas páginas gloriosas de mi carrera”.
En ese tramo final, el pregonero trazó un mapa íntimo que iba más allá del acto institucional. Recordó la llamada de Marino Sevilla, párroco de la iglesia de Santiago, que, dos meses atrás, le hizo aceptar el encargo sin dudarlo —“me escuché a mí mismo decir que sí”— y explicó el proceso de creación del texto, construido durante madrugadas de trabajo en torno a las sensaciones, las imágenes y los sonidos: el incienso, los tambores, la luz de las velas de la Semana Santa jaquesa; pero sobre todo, puso en valor “el poder de la palabra”, una herramienta que reivindicó como esencial en su oficio y también en la transmisión de la tradición.
El momento más personal llegó al evocar a sus padres, “que ya no están, pero quizá sí me estén viendo”, y al situarse simbólicamente junto a la urna de santa Orosia, “mi patrona del alma”. A partir de ahí, su intervención adquirió un tono casi confidencial, culminando en una frase que condensó el sentido del pregón y de la propia celebración: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.
El acto, celebrado el viernes 27 de marzo en una catedral completamente llena, reunió a autoridades, representantes institucionales y a las nueve cofradías y hermandades de la ciudad, cuyos estandartes presidían el altar. Entre los asistentes se encontraban el alcalde de Jaca, Carlos Serrano, y el presidente de la Junta de Cofradías, Carlos Lacadena, quien tomó la palabra tras el pregón.
Lacadena subrayó el carácter colectivo de la Semana Santa y el trabajo previo de las cofradías, que “llevan muchos meses preparándose para estos momentos”. Pero, más allá de ese esfuerzo organizativo, puso el acento en la dimensión de la celebración: “La Semana Santa es de todos”, recordó. En este sentido, animó a la participación activa de la ciudadanía, apelando a un sentimiento de pertenencia que trasciende lo estrictamente religioso. “Hoy más que nunca todos debemos sentirnos cofrades, es decir, hermanos”, dijo.
Su intervención sirvió como apertura oficial de los actos de 2026, pero también como puente entre la dimensión institucional del pregón y la experiencia vivida que había planteado el actor.
Un pregón que conectó la tradición con el presente
Antes de ese desenlace íntimo, L’Hotellerie había desarrollado un primer bloque claramente diferenciado, concebido desde la interpretación y estructurado como un monólogo. En él, propuso al público un viaje por la Semana Santa jaquesa a través de sus cofradías, integrando referencias históricas, evocaciones sensoriales y citas bíblicas.
El punto de partida fue una definición que marcaba el tono del conjunto: “El tiempo se detiene, Jaca abre sus venas y fluye una mezcla embriagadora de fe, recogimiento, nostalgia y devoción”. A partir de ahí, el pregonero construyó una atmósfera en la que la ciudad se transformaba en escenario, donde “el eco de los tambores”, “el perfume del incienso” o “la mirada de la Virgen” articulaban una experiencia colectiva y profundamente emocional.
Ese lenguaje, cargado de imágenes, se fue concretando en un recorrido histórico que comenzaba en 1754, con la bendición de la palma que daría origen a la procesión del Domingo de Ramos, y avanzaba hasta la configuración actual de las cofradías. Cada una de ellas fue presentada como protagonista de ese “viaje”, con referencias a sus orígenes, funciones y singularidades.
Así, la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén aparecía vinculada a la década de 1960 y al impulso de las Escuelas Pías; la de la Santa Cena, conectada con la tradición de la Acción Católica y con un paso inspirado en el cuadro de Juan de Juanes; la Hermandad de la Oración en el Huerto, con raíces en 1814 y un fuerte vínculo con el mundo agrícola; o la Hermandad de la Sangre de Cristo, cuya fundación en 1641 la sitúa como una de las más antiguas, con funciones que iban desde la organización de procesiones hasta la asistencia social.
En ese recorrido, el pregonero no se limitó a enumerar datos, sino que integró cada cofradía en el relato bíblico de la Pasión, recurriendo a textos de Mateo, Lucas, Juan o Isaías. Esta combinación de historia, fe y literatura dotó al discurso de una estructura narrativa que avanzaba desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección.
Uno de los momentos más significativos fue la referencia a las “flagelaciones del mundo actual”, donde la Cofradía de la Flagelación se convertía en un símbolo para reflexionar sobre problemas contemporáneos como la violencia, la soledad, la injusticia o el racismo. De este modo, el pregón conectaba la tradición con el presente, reforzando su vigencia.
El resultado fue un texto que, en su conjunto, funcionó en dos planos. Por un lado, el interpretado, donde el actor desplegó su oficio para construir un relato coral sobre la Semana Santa de Jaca. Por otro, el personal, donde ese mismo relato se condensó en una experiencia íntima, compartida con el público sin mediaciones.
En ese tránsito entre lo escénico y lo vivido estuvo, probablemente, la fuerza del pregón. Porque si en el primer bloque la ciudad apareció como el escenario de una “dramaturgia de la devoción”, en el segundo se convirtió en una confesión íntima y sincera, entre la tradición heredada y la emoción del presente. La Semana Santa volvió a definirse —como dijo el propio L’Hotellerie— no como una repetición del pasado, sino como un fuego que sigue vivo.
El video del pregón de Toño L’Hotellerie ha sido realizado y editado por Diego Fernández.
