
El sarcófago de doña Sancha expuesto en el Monasterio de las Benedictinas de Jaca. EL PIRINEO ARAGONÉS
Escribo estas líneas porque estoy profundamente preocupado por la situación del monasterio benedictino de Santa Cruz en Jaca, tanto por el propio convento, popularmente conocido como “las Benitas”, como por los objetos que se encuentran en su interior. La reciente noticia del acuerdo entre la Congregación Monástica y el Gobierno de Aragón para trasladar los archivos del convento desde Jaca al Archivo Histórico Provincial de Huesca resulta inquietante por varias razones, entre ellas que el futuro del resto de los bienes del convento sigue siendo incierto, hasta donde sabemos.
Algunos de los objetos actuales del monasterio han estado en Jaca durante casi quinientos años, es decir, desde que la comunidad de monjas benedictinas llegó a Jaca en 1555 tras abandonar su solar fundacional en Santa Cruz de la Serós. Entre ellos se incluyen pinturas, esculturas y mobiliario, así como objetos litúrgicos desde el siglo XII hasta la época contemporánea. Mientras que los objetos religiosos poseen un valor espiritual para los fieles que rendían culto en la iglesia monástica, como historiador del arte mi interés se centra principalmente en las obras de arte, algunas de carácter religioso y otras secular, que pueden apreciarse por su mérito artístico.
Llegué por primera vez a Jaca hace más de cincuenta años precisamente para estudiar el sarcófago de doña Sancha, que las monjas trajeron desde Santa Cruz de la Serós en 1622. Estaba comenzando mis estudios de doctorado en el Courtauld Institute of Art de la Universidad de Londres y buscaba un tema de tesis sobre el románico en España. Tenía en mi lista varias obras que deseaba contemplar, diferentes piezas a lo largo del camino de peregrinación a Santiago de Compostela que estaban relativamente poco estudiadas. El sarcófago me llamó la atención justamente por la razón opuesta, porque estaba muy bien considerado en la literatura internacional sobre arte medieval.
Aunque el sarcófago había sido mencionado por autores regionales desde el siglo XIX, fue en 1924 cuando la comunidad académica internacional tomó conciencia de su importancia gracias a los artículos del historiador del arte estadounidense Arthur Kingsley Porter. Porter convirtió el sarcófago y los monumentos relacionados con él en el eje de sus argumentos para establecer la primacía de la escultura románica española en el desarrollo del arte medieval europeo. Aunque estudiosos italianos y franceses intentaron rebatir sus tesis defendiendo la prioridad del arte de sus propios países, los argumentos de Porter desataron una auténtica tormenta en la literatura especializada. Incluso hoy en día, los cursos sobre arte medieval y arte románico suelen incluir un apartado dedicado a Porter y a la controversia iniciada por su análisis del sarcófago de doña Sancha y los orígenes del arte románico. Durante los cien años transcurridos desde los estudios de Porter, el sarcófago ha seguido siendo un foco de atención en la bibliografía sobre el románico.
En los últimos años y, especialmente, desde el pasado mes de mayo, cuando las monjas abandonaron su monasterio en Jaca, ha resultado difícil ver el sarcófago, también para los visitantes que acuden a la ciudad con él como principal objetivo. Hubo un tiempo en que las visitas organizadas por el Museo Diocesano incluían el sarcófago en sus recorridos por Jaca, pero lamentablemente hace ya algunos años que el personal del museo no ha podido hacerlo. Es una pena que Jaca no permita a los visitantes contemplar uno de sus grandes tesoros, presente en todos los estudios importantes sobre arte medieval español.
En 1993, el Metropolitan Museum of Art de Nueva York planificó una gran exposición titulada The Art of Medieval Spain A.D. 500-1200, para cuyo catálogo se me encargó un ensayo sobre el sarcófago. El texto iba acompañado de tres fotografías, más que cualquier otro monumento individual. Por circunstancias bastante extrañas, la exposición se canceló en el último momento, pero el catálogo se publicó y sigue siendo una fuente académica clave sobre el románico español. Varios de mis estudiantes han mencionado que visitaron Jaca precisamente por su aparición en el catálogo del Metropolitan Museum.
Cuando se me pidió que redactara los capítulos de arte medieval del manual de historia del arte más vendido en Estados Unidos, el Janson’s History of Art: the Western Tradition, en sus ediciones octava y novena, propuse la inclusión del sarcófago de doña Sancha. El sepulcro ocupa un lugar destacado en el capítulo dedicado al románico. En él se analizan las características estilísticas del sarcófago y también el papel de la mujer en los siglos XI y XII, destacando a Sancha como ejemplo de una mujer poderosa, tan implicada en los asuntos de Estado como su padre y su hermano, ambos reyes de Aragón.
En las circunstancias actuales, me preocupa que la imposibilidad de que los visitantes de Jaca, por no hablar de los propios jacetanos, puedan contemplar el sarcófago de doña Sancha y los demás tesoros custodiados en las Benitas prive a la ciudad de algunos de sus más importantes atractivos artísticos, patrimoniales y turísticos. ¿Qué podemos hacer los jacetanos para garantizar que el patrimonio de Jaca y de Aragón sirva para ayudarnos, a nosotros y a quienes nos visitan, a comprender nuestra cultura y nuestra historia? La respuesta a esta pregunta pasa por elevar el monasterio de las Benitas a la misma categoría de reconocimiento y protección que ya ostenta el sarcófago de doña Sancha, declarando el monumento Bien de Interés Cultural.

