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La variante norte de Jaca con forma de dragón, como propone el autor del artículo, que ha proporcionado la imagen.

Hace más de tres mil años, cuando los hielos empezaron a retirarse de estas tierras después de la última glaciación, los supervivientes bajaron de las montañas y se establecieron en un inmenso roquedal con forma de meseta triangular y vértice al norte al que llamaron con el topónimo de “Iak” (roca, en la cultura íbera). Sus habitantes, conocidos entonces con el gentilicio de “iakesses”, fundaron una ciudad estado amurallada con escritura, moneda propia y centro en la actual plaza de San Pedro, donde manaba el agua. Sus territorios, según Estrabón, abarcaban desde el río Irati al oeste hasta el Gállego al este; los Pirineos al norte y la Sierra de la Peña al sur.

De “Iak” a “Jaca”, pasando por “Iacca”

Fue en el año 195 antes de nuestra era cuando Catón el viejo conquistó la ciudad y comenzó una romanización que se consolidaría en dos fases: la primera, siglo y pico después, tras la victoria de Pompeyo en la guerra civil contra Sertorio y la segunda tras la victoria de César en su guerra contra aquel. Aunque la cultura e idioma íbero permanecería durante milenio y medio, oficialmente “Iak” pasó a denominarse “Iacca” en latín y los “iakesses” “iaccetanos”

Luego llegarían los visigodos y la invasión Omeya. Hasta el viernes 2 de mayo del año 760, ya de nuestra era. No llevaban cincuenta años en la península ibérica cuando, dice la leyenda local, 800 combatientes “iaccetanos” lograron la desbandada de 90.000 enemigos comandados por el general Aumat. La heroica gesta, quizás amplificada con el paso del tiempo, se logró gracias a las “iaccetanas” que, en la cima del monte Oroel (“peña de la luz”, según la cultura íbera), hicieron sonar sus pucheros y reflejar los rayos del sol naciente con sus espejos. Los invasores huyeron, creyendo que llegaba un inmenso ejército en su socorro. La batalla se conoció como la de Tiendas y la fecha el Viernes Mayor, que aún se celebra como principal fiesta de la ciudad.

Tres siglos después, en 1077, Sancho Ramírez convirtió “Iacca” en la primera capital de reino de Aragón en honor al cauce fluvial que baña sus tierras (topónimo que procede del íbero “Ara”, río en su cultura, y de “gón”, onomatopeya del sonido que hacen las aguas en su discurrir al chocar contra las piedras). Veinte años más tarde, las huestes aragonesas de Pedro I vencieron a las mismas tropas invasoras en la batalla de Alcoraz (Huesca). Y San Jorge se convirtió en icono, y después patrón, del reino; al contar la leyenda que se apareció en el campo de batalla. Y los nobles empezarían a coronar sus yelmos con la efigie del dragón, a raíz de que el fraile genovés Jacobo de Varazze incluyera en su Leyenda Dorada la victoria del santo contra el bicho mitológico, símbolo en occidente del mal. Una talla de la escena permanece en la capilla de San Miguel de la catedral.

Para aquel entonces los peregrinos ya empezaban a inundar el camino de Santiago. En “Iacca” comenzó una época de esplendor. A su entrada desde Somport se construyó un puente y una ermita en honor a San Cristóbal, el mártir que, según la tradición cristiana, ayudó al niño Jesús a cruzar en sus hombros un peligroso río.



Durante el Renacimiento, con la llegada de la imprenta, “Iacca” se convirtió en Jaca para distinguir los sonidos de la “i” y la “j”, consideradas letras ramistas, y las dos “ces” quedaron en una sola por economía de tipos (letras). Fue en esos tiempos, durante el reinado de Felipe II, cuando se construyó en 1592 la Ciudadela para hacer frente a las incursiones de las tropas francesas y los protestantes hugonotes. La ciudad se convirtió para siempre en un enclave militar de primer orden hasta el punto de que, hoy en día, todos sus accesos por carretera son parte del eje estratégico de la conexión traspirenaica para facilitar el despliegue logístico OTAN hacia la frontera en caso de guerra.

Identidad, religión y seguridad en peligro

Pues bien, aquel dragón mitológico está a punto de resucitar en Jaca. Y lo hará en forma de una gran serpiente alada de enorme cabezota por cuyo hocico pretende expulsar el humo de los miles de coches y camiones que circularán a diario por el proyectado tramo de la variante norte de Jaca que unirá la autovía A-21 con la A-23.

La cabezota en San Cristóbal con forma de scalextric a tres alturas, uno de ellos subterráneo que, además de poner en riesgo la defensa nacional en caso de guerra al ser susceptible de voladura hasta por una acción terrorista, supone la aniquilación de cualquier vestigio histórico del lugar. Y las alas en forma de un viaducto de 350 metros de largo y 25 de altura, cuyas pezuñas pisotearán el cauce del río que da nombre a aquel reino legendario.

Toda una mole alargada de acero y hormigón que, para colmo, romperá la mirada hacia el norte de todos aquellos jaqueses y visitantes que disfrutan del paseo de La Cantera, donde ya los ancestrales iberos debían celebrar sus festejos a la sombra de árboles milenarios que tampoco han sobrevivido. Y no solo la mirada. También se sustituirá el natural sonido de las aguas por el estridente rugido de los motores en plena carrera por obtener una plaza de aparcamiento en las estaciones de esquí.

Una variante que, inicialmente, el Ministerio de Transportes proyectó por el sur de la ciudad. Es lo lógico. Hasta desde el punto de vista militar, al ser susceptible el tramo de reconstrucción para el transporte logístico por medios tácticos en caso de la destrucción de sus puentes en guerra. Algo que no parece posible por el trazado norte, dada la escarpada orografía del terreno.

Pero al transcurrir por zonas urbanas, en lugar de desplazarla más al sur –por las lomas de Carpuey, como plantea el concienzudo y pormenorizado estudio del arquitecto Ángel García Jalón– se decidió proyectarla al norte. La única explicación posible es el alarde que, por su gran complejidad estructural, supone la obra para la ingeniería civil que, sin embargo, no tiene en cuenta la identidad de los habitantes de Jaca, ni sus creencias religiosas ni, en último extremo, su seguridad.

Firmado: ÁNGEL COLODRO

Mapa de la variante publicado en el proyecto del Ministerio de Transportes.
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