OPINIÓN

Dos de las afectadas por la subida de los alquileres de las viviendas protegidas, junto a miembros del colectivo Vivienda Digna, en la comparecencia de este jueves en el vestíbulo del Ayuntamiento de Jaca.
No he querido saber, pero he sabido…
Así empieza la novela Corazón tan blanco de Javier Marías, considerada una de las obras más importantes de la literatura española de las últimas décadas.
Marías tiene la capacidad de condensar el tiempo en un instante, como si se tratara de un pequeño Big Bang narrativo. En sus novelas, una escena puede expandirse durante páginas enteras mientras los pensamientos de los personajes se despliegan en todas direcciones. La acción parece detenerse, pero en realidad ocurre lo esencial: la conciencia se pone en marcha. De ahí esa sensación tan característica de su literatura: el tiempo parece no avanzar y, sin embargo, la historia progresa en la mente de quien la cuenta y de quien la lee.
Personalmente, esa sensación me arrastra, quizá porque permite recrearte en la introspección de los personajes —y también en la propia—, pero sobre todo porque te coloca frente a dilemas existenciales y vitales en los que muchas veces no reparas o prefieres no hacerlo. Marías tenía además una intuición muy precisa sobre el conocimiento: saber algo rara vez es inocente. Cuando sabemos, algo cambia. A veces cambia la relación con los demás; otras, la imagen que teníamos del pasado; y casi siempre cambia la manera en que debemos actuar a partir de ese momento.
La rueda de prensa de ayer en el vestíbulo del Ayuntamiento de Jaca, donde comparecieron dos de las mujeres afectadas por la subida desproporcionada de los alquileres en las viviendas protegidas en las que residen —en la calle Luis Buñuel— junto a miembros del colectivo Vivienda Digna Viello Aragón, tuvo algo de lo que acabo de contar y que se condensa en esa frase inicial de Javier Marías: No he querido saber, pero he sabido.
Cuando llevas ya meses hablando de la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran estas personas, y del episodio vivido por otros vecinos de la misma promoción de viviendas de alquiler que finalmente han tenido que ceder y aceptar las nuevas condiciones de la empresa promotora, llega un momento en que ya no sabes qué preguntar ni qué hacer para que el mensaje llegue a alguna parte.
Desde hace tiempo tengo la percepción —compartida también por otros compañeros— de que nuestro trabajo no sirve para nada. Sé que es una hipérbole, una forma de magnificar con palabras un estado de ánimo. Pero también es cierto que esa conclusión se sustenta en un poso de vivencias y situaciones que se han ido acumulando con el tiempo. Probablemente sea uno de los males de una sociedad que ya no piensa en colectivo sino en individual, donde cada uno de nosotros se ha convertido en un perfil o una marca, y donde la vida política se mueve en una espiral de polarización en la que el dogma sustituye a las ideas y la duda no tiene cabida. Y, sin embargo, dudar es precisamente la única herramienta de resistencia y pensamiento que nos queda.
Cuando una compañera pregunta a las afectadas por el resultado de la reunión con el alcalde y se interesa por la situación de las cuatro mujeres que se encuentran en estado de vulnerabilidad social, escuchas y observas. Y mientras oyes los testimonios compruebas que tu boca se empequeñece y apenas acierta a seguir preguntando, porque la combustión es interior.
Vuelve entonces esa idea de que lo que haces no sirve para nada, y así lo manifiestas al terminar las entrevistas, intentando justificarte ante ti mismo por no poder dar pasos firmes, encubriendo la frustración personal que casos como este terminan provocando.
Cuando sabemos, algo cambia, y casi siempre cambia la manera en que debemos actuar a partir de ese momento. Hay circunstancias que provocan una reacción, ese famoso clic mental.
La actitud de los vecinos afectados —en la mayoría de los casos mujeres— es un ejemplo de comportamiento y de entereza. En una situación límite, en todas sus comparecencias públicas —que ya son muchas— no han perdido la compostura, se han mantenido firmes y han sabido contener sus emociones. Tienen motivos para llorar, para gritar o para lanzar algún exabrupto, pero han sabido mostrarse serenas.
Conozco a varias de ellas: porque tengo relación con sus familias, porque nos saludamos al cruzarnos por la calle o porque compartimos algunas mañanas en el gimnasio. Son nuestras vecinas, amigas o compañeras. Personas que, como recordaba Asun de Andrés en la comparecencia ante los medios, están sufriendo un enorme desgaste personal.
“El tema emocional hay que pasarlo para valorarlo. Día tras día, mes tras mes, estar pensando en ese suplicio desgasta a cualquiera”, apostillaba con acierto.
Aunque a menudo se utilizan como sinónimos, la moral y la ética apelan a distintos niveles de la conducta humana. La moral se refiere al conjunto de normas, valores y prohibiciones heredadas que una sociedad o un grupo acepta como válidos en un momento determinado. Su enfoque es más práctico: nos indica qué debemos hacer en situaciones concretas basándose en la tradición, la educación o la religión.
La ética, en cambio, pretende cuestionar por qué consideramos que determinadas normas son “buenas”. Busca principios más universales que justifiquen nuestras acciones y apela a la autonomía de la persona para decidir, de manera consciente, qué tipo de vida considera digna de ser vivida.
Al final, la actitud de todos —del promotor, de las instituciones que pueden mediar y de los ciudadanos que pensamos individual y colectivamente como sociedad— se reduce a poner en valor estos dos términos que marcan el comportamiento humano.
Cuando la moral y la ética dejan de orientarnos en el ritmo de la vida de nuestras pequeñas y grandes comunidades, y la palabra —aunque incomode— empieza a sonar vacía, tendemos a refugiarnos en nosotros mismos. Reforzamos nuestro yo individual y nos aislamos cada vez más de quienes tenemos alrededor.
“Preferiría no hacerlo” es la respuesta que repite una y otra vez el protagonista de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Todos tenemos algo de Bartleby. Y también algo de Corazón tan blanco, un título inspirado en la tragedia Macbeth de William Shakespeare, cuando Lady Macbeth le dice a su esposo tras el asesinato del rey Duncan: “Mis manos son de tu color, pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”.
