
Renovación de la Pax Avant o Tributo de las Tres Vacas el pasado mes de octubre en Ansó. EL PIRINEO ARAGONÉS
Uno de los lugares comunes de la política autonómica es que Aragón ha sido históricamente una tierra de pactos. Dentro y fuera de la Comunidad Autónoma se ha reconocido la capacidad de los aragoneses y sus políticos de crear consensos y alcanzar acuerdos, ya fuera por necesidad –como consecuencia de la fragmentación de las Cortes– o por una supuesta cultura política compartida por los habitantes de estas tierras que se remonta varios siglos atrás.
Es cierto que la historia ofrece ejemplos abundantes de este pretendido acervo pactista. Seguramente, el episodio más conocido en este sentido es el Compromiso de Caspe, un acuerdo firmado en 1400 entre los representantes de los tres territorios peninsulares de la Corona de Aragón para nombrar un nuevo rey. Un ejemplo más cercano lo encontramos en la frontera entre los valles de Roncal (Navarra) y Barétous (Bearn): allí, cada 13 de julio, se conmemora el tratado transfronterizo en vigor más antiguo de Europa, el conocido como “Tributo de las Tres Vacas”. Este pacto, firmado en 1375 y muy similar a los que jalonan toda la cordillera pirenaica, no es sino una sentencia arbitral dictada por seis hombres buenos de Ansó para poner fin a las sangrientas disputas que existían entre dichos valles.
Estas son solo dos muestras de los miles de compromisos, concordias y sentencias arbitrales –pactos, en definitiva– que a lo largo de la historia suscribieron los aragoneses para resolver cuestiones tan complejas, delicadas y cruciales como la propiedad y disfrute de unos pastos de los que dependía su subsistencia, el reparto de herencias que podían romper familias o el pago de la deuda pública.
Hoy, sin embargo, esa cultura pactista parece atravesar horas bajas. Tanto en Aragón como más allá de nuestra comunidad la falta de objetivos compartidos hace cada vez más difícil que los representantes políticos lleguen a acuerdos para desempeñar su labor. La renuncia a algunas de las aspiraciones propias a fin de materializar otras mediante el pacto con quien piensa diferente se percibe de manera creciente como una traición, a veces imperdonable, a los ideales y principios más básicos. Una parte de la opinión pública desdeña el acuerdo no por su objeto sino por quién lo suscribe, mientras que algunos sectores de la clase política viven instalados en una superioridad moral que imposibilita cualquier tipo de interlocución. La ausencia de un debate sosegado y honesto lleva a que cada vez más ciudadanos miren a la política y a quienes la practican con desconfianza, cuando no con desafección manifiesta.
Frente al barullo, la soberbia y el bloqueo provocado por la falta de acuerdo, pensamos que el diálogo, la moderación y el pacto son indispensables para una buena vida en sociedad. A quienes entienden la política como un juego de trileros y la practican a golpe de tweet se les debe contrarrestar con un debate leal que se desarrolle a partir de consensos de mínimos. Entre estos se cuentan el respeto innegociable por los derechos humanos, independientemente del origen de las personas, la igualdad entre géneros, el ideal europeo y las pruebas científicas de la aceleración del cambio climático. El diálogo sólo será fructífero si implica escucha y se vehicula mediante un lenguaje capaz de reflejar la complejidad de la sociedad y la pluralidad de intereses y opiniones de quienes formamos parte de ella. Solo así, hablando y escuchando desde el respeto y asumiendo unos mínimos comunes innegociables, podremos tejer acuerdos que realmente hagan posible una política más saludable y más efectiva.
Para resolver algunas de las cuestiones más decisivas de sus vidas, los aragoneses del pasado fueron capaces de dialogar, negociar, renunciar a una parte de sus ideas e intereses y llegar a acuerdos. Las concordias, sentencias arbitrales, compromisos, capitulaciones y convenios conservados en archivos de toda nuestra geografía son el vestigio material de esa cultura pactista compartida por los aragoneses desde hace siglos. En un mundo cada vez más complejo, el acuerdo resulta cada vez más indispensable, aunque también más difícil. Por eso, los aragoneses de hoy, no solo los políticos, haríamos mal en olvidar ese patrimonio que poseemos en común: el diálogo y el pacto.

