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«Todavía hay muchos retos, mucho que restaurar y mejorar, pero gracias a proyectos de financiación europea que tan hábilmente han sabido aprovechar el sector público y privado, vamos por buen camino»

Peña Montañesa en invierno desde Guaso, en una imagen facilitada por la autora del artículo.

Este es un artículo de opinión que se engloba dentro de una serie de apuestas por el territorio. Con su difusión, Asamblea Canal Roya pretende mostrar otras alternativas de desarrollo para estos valles.


En un Pirineo aragonés, marcado por la despoblación y la dependencia histórica del turismo de nieve, la comarca del Sobrarbe se ha convertido en una excepción difícil de ignorar: su aumento de población no está estancado y sigue siendo superior al del resto de comarcas pirenaicas.

Este crecimiento no es casual, Sobrarbe ha logrado estabilizar e incluso revertir su tendencia demográfica gracias a una combinación de factores: la presencia de grandes espacios naturales protegidos, la consolidación de un tejido turístico diversificado y la capacidad del territorio para atraer nuevos residentes vinculados a actividades de naturaleza, servicios y turismo activo.

El sector turístico también ha sabido transformarse y crecer a unas velocidades vertiginosas; supo responder a la crisis financiera de 2008 y resistió la pandemia de 2020 con préstamos blandos y sin grandes rescates. Los números cantan: en apenas quince años, Sobrarbe ha pasado de 444 a 1.031 establecimientos turísticos, un crecimiento del 132% y sin una sola estación de esquí.

Las claves del éxito: un modelo basado en paisaje, patrimonio y servicios turísticos

En un Pirineo donde la nieve ha marcado históricamente la agenda económica, el Sobrarbe ha construido un relato distinto. Con un 50% del territorio bajo alguna figura de protección, esta comarca ha convertido su geografía en un activo estratégico. El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, los Parques Naturales de Posets‑Maladeta y de Guara, y el Geoparque Mundial UNESCO Sobrarbe-Pirineos han generado un tipo de visitante que busca naturaleza, autenticidad y experiencias.

Este paisaje protegido no solo atrae turistas, atrae nuevos residentes, profesionales que buscan calidad de vida, teletrabajo, o un entorno donde criar a sus hijos. La presencia de grandes espacios naturales protegidos es uno de los factores que explican la estabilización demográfica de la comarca.

Patrimonio cultural y memoria viva

Sobrarbe ha sabido poner en valor su patrimonio material e inmaterial: cascos medievales como el de Aínsa, arquitectura tradicional, ermitas románicas, fiestas populares, tradiciones ganaderas y una identidad cultural fuerte. Eso genera un tipo de turismo que no solo consume, sino que participa. El patrimonio, en Sobrarbe, no es un producto: es un ecosistema cultural que sostiene comunidad y economía. Y todos debemos tenerlo claro.

Todavía hay muchos retos, mucho que restaurar y mejorar, pero gracias a proyectos de financiación europea que tan hábilmente han sabido aprovechar el sector público y privado, vamos por buen camino.

Torre de Aínsa, en una instantánea proporcionada por la autora.

Pirenostrum, feria dedicada a la luthería en Boltaña. Fotografía aportada por la autora.

Un tejido turístico diverso que ha sabido desestacionalizar

El Sobrarbe no depende de un único producto turístico, y ahí reside su mayor fortaleza. Aquí conviven el senderismo de todo el año, el barranquismo y el rafting que sostienen empleo juvenil, la BTT y el enduro con Zona Zero, el ecoturismo y el turismo científico del Geoparque y la FCQ, y un turismo ornitológico en pleno despegue con Birding Aragón. Todos ellos son referentes internacionales. A esto pronto se sumará el astroturismo, que avanza hacia la certificación Starlight. Esta mezcla ha permitido algo poco habitual en la montaña: dos temporadas fuertes más, primavera y otoño.

Ciertamente, el invierno sigue siendo un periodo de calma, que también forma parte del atractivo del territorio que debemos aprender a vender. ¡O no! Esa bajada de revoluciones no debe verse tampoco como un gran mal a resolver, sino un tiempo necesario. Y aquí quizás me esté jugando la simpatía de algunos, pero esos meses son el momento en los que el territorio respira, los pueblos recuperan su vida social sin prisas, la gente vuelve a encontrarse en la plaza, el bar o en cualquier evento cultural, que no son pocos. Es un periodo de recogimiento, de reparar herramientas y hacer reformas, de preparar la temporada siguiente y de volver a mirar hacia dentro. Esa pausa estacional forma parte de la identidad del territorio.

Un ecosistema empresarial que ha crecido desde abajo

El turismo en el Sobrarbe es una construcción colectiva que ha ido tomando forma gracias a pequeñas empresas familiares, asociaciones culturales y empresariales, cooperativas y hasta una fundación conservacionista, pero también con una administración comarcal y local que ha sabido acompañar sin muchos protagonismos.

Este modelo de microeconomía distribuida ha generado empleo, ha fijado población y ha permitido que muchos jóvenes se queden o regresen, demostrando que el desarrollo turístico puede ser también una herramienta de arraigo y cohesión territorial.

Ganadería, naturaleza, patrimonio y ecoturismo, parte de la ecuación del crecimiento empresarial en el Sobrarbe. Imagen proporcionada por la autora.

Las sombras del éxito: desequilibrios emergentes

El éxito del Sobrarbe también tiene sus puntos negros. La primera es la vivienda: el territorio crece, pero muchos trabajadores esenciales y nuevos pobladores no pueden permitirse vivir aquí. La segunda es la centralización: capitales de comarca concentran servicios y oportunidades mientras algunos pueblos pequeños siguen perdiendo vida. La tercera es la dependencia del turismo: motor imprescindible pero también vulnerable. Y la cuarta es más sutil: la distancia entre lo que el territorio consensúa y lo que algunas inversiones externas priorizan.

A la vista está con el Plan Estratégico de Desarrollo Rural, Patrimonial y Turístico de Sobrarbe. Construido con más de seiscientas horas de participación ciudadana, talleres sectoriales, aportaciones vecinales y un consenso político poco habitual, las prioridades del territorio están claras: vivienda asequible, movilidad sostenible, apoyo al sector primario, conservación del patrimonio, servicios públicos y un turismo diversificado y respetuoso. Por eso resulta tan llamativo que, cuando llegan las grandes inversiones externas, sean autonómicas o provinciales, algunas decisiones parezcan mirar más las reivindicaciones históricas, sin detenerse a valorar si hoy siguen siendo relevantes o tan imprescindibles como lo fueron en su momento, que a las estrategias consensuadas.

No quiero caer en la crítica fácil: el problema de la vivienda parece que ha sido escuchado y es justo reconocerlo. Se está trabajando en distintos frentes: rehabilitación y alquiler de casas en varios núcleos, limitación de licencias de uso turístico y cesión de suelo y fondos para 22 viviendas de alquiler social. También hemos avanzado, aunque despacio, gracias a nuevos productores agroalimentarios. Pero otras actuaciones, como el asfaltado de la pista Chía–Plan o la de Bara-Las Bellostas, no aparecían en ninguna de las aspiraciones ciudadanas. Una no puede evitar pensar que, si los procesos participativos no sirven para orientar las inversiones reales, quizá alguien debería explicarnos para qué sirven entonces.

El Sobrarbe responde bien, pero muchos vemos señales que nos ponen en situación de alerta, y quien no las vea se está autoengañando o mira a otro lado. No descubro nada cuando digo que nuestra comarca, y seguramente todo el Pirineo, necesita más patas para sostenerse y no lo hará con más turismo sino con una agroalimentación fuerte y conectada con el territorio; una artesanía que recupere oficios y genere valor añadido; servicios comunitarios que permitan vivir aquí todo el año; transportes públicos reales y no simbólicos; innovación rural que aproveche el talento que llega y el que ya está; una economía forestal moderna y bien gestionada; cultura y patrimonio como motores de identidad y empleo; y, por supuesto, un turismo responsable y resiliente al cambio climático que aporte sin desbordar. No puedo evitar barrer para casa y terminar que el ecoturismo ha de formar parte de este horizonte.

Firmado: MIREIA CABRERO

Paisaje donde la vida tradicional convive con la naturaleza. Imagen facilitada por la autora.

Mireia Cabrero vive en Sobrarbe. Es bióloga, consultora ambiental especializada en ecoturismo y cambio climático bajo el nombre de Conecta Biosfera; responsable de la agencia de viajes sostenible y rural Ecoagrotours; y gerente de la Asociación profesional aragonesa de turismo ornitológico y ecoturismo, entidad promotora de Birding Aragón y Aragón Ecoturismo.

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