
Avalancha de fondo en Canal Roya. FERNANDO RIVERO/GREIM
¿Cómo transformar el dolor que sentimos por quienes hemos perdido en un legado que salve vidas? La respuesta está en recordarles por la pasión que les movía, en seguir disfrutando de la montaña, pero siendo humildes y esforzándonos porque un accidente similar no vuelva a pasar. La verdadera seguridad reside en cuidarnos los unos a los otros. La seguridad auténtica no nace en impersonales y obsoletas campañas mediáticas, sino en la confianza, la empatía y la solidaridad entre las personas; construyendo redes de apoyo mutuo, para protegernos y prosperar juntos, valorando la comunidad sobre la fortaleza individual aislada.
Glorificar a quienes hemos perdido significa seguir practicando lo que es nuestra pasión y nos da la vida, pero comprometiéndonos a compartir enseñanzas y a no bajar la guardia jamás. Si queremos honrar a quienes hemos perdido, el verdadero homenaje no está solo en recordar sus nombres, sino en mejorar la forma en la que decidimos, dentro y fuera de la montaña.
En montaña, como en la industria, los accidentes no suelen ser consecuencia de una única causa, sino del encadenamiento de decisiones “razonables” tomadas en un contexto incompleto, con información imperfecta, bajo presión de tiempo, y condicionadas por factores humanos.
Este patrón se repite con una precisión inquietante en todos los sectores de alto riesgo: aviación, energía, construcción, transporte, sanidad, procesos industriales complejos… y en la montaña.
Uno de los errores más comunes es pensar que la seguridad consiste en “identificar peligros”, que los “expertos” los tenían reconocidos, pero que fue “mala suerte”. No solo vale decir que la “montaña está peligrosa” o que “el peligro de aludes es alto”. Identificar un peligro, si se hace, es solo el primer paso. Después hay que evaluar el riesgo y gestionarlo.
La mala noticia es que, en los entornos de alto riesgo, los peligros que no se identifican son los peores. Y que la verdadera dificultad está en tomar decisiones cuando el peligro no es evidente, cuando los indicadores son ambiguos y cuando la experiencia previa empuja a continuar.
En los aludes, como en la industria, a veces no hay señales claras antes del colapso. Los sistemas funcionan “bien” durante mucho tiempo antes de fallar, y la ausencia de incidentes se interpreta erróneamente como evidencia de seguridad. “Es un itinerario por el que siempre hemos bajado y nuncaha pasado nada”.
Este es el caldo de cultivo perfecto para los falsos positivos de seguridad: decisiones que parecen correctas, porque han funcionado otras veces, pero que ignoran la variabilidad del sistema.
En montaña, como en una estación de esquí, o como en una planta industrial, la decisión más segura suele ser la más difícil de justificar socialmente: parar, renunciar y volver atrás.
Por eso, en cualquier ámbito, la seguridad no solo depende de personas “más prudentes” o “mejor preparadas”. Depende sobre todo de la cultura de seguridad. De establecer un marco donde la seguridad es lo más importante, donde se establecen sistemas de toma de decisiones robustos, que integren márgenes explícitos de seguridad, puntos de no retorno definidos de antemano, espacios para la duda y la discrepancia, o la aceptación real de que “no lo sabemos todo”.
Puedes conocer un itinerario de esquí de montaña como el salón de tu casa. Y sin embargo esa es, precisamente, una de las trampas más peligrosas: la familiaridad. Cuando dominamos un terreno, nuestro cerebro tiende a relajar la vigilancia. La atención y la concentración se ralentizan.
A esto se suma la trampa de la aceptación social y el efecto halo. Cuando “todo el mundo lo hace”, y cuando el líder de un grupo es una “eminencia”, el resto de los componentes se relajan y la decisión no la tomamos nosotros. “Otros” la toman por “nosotros”.
Es difícil cuestionar una decisión cuando quien la toma es alguien de reconocido prestigio. Uno de los mayores riesgos en cualquier equipo de expertos es la falta de disenso. Si el líder (o el más experto del grupo) decide avanzar, el resto suele callar, por respeto o por falsa sensación de seguridad. Es entonces cuando es fundamental implementar en nuestros grupos de montaña, y en nuestras empresas, la técnica del “Abogado del Diablo”. Designar a alguien cuya función sea, por protocolo, cuestionar la decisión del líder. Y eso no es falta de confianza. Es redundancia de seguridad.
En la industria, cuando nos saltamos un protocolo y no pasa nada, ese comportamiento se convierte en la “nueva norma”. En el esquí de montaña, cruzar una ladera cargada porque “ayer no se movió” es normalizar el riesgo. El éxito pasado no garantiza la seguridad futura. En la industria, como en la nieve, la ausencia de accidentes no es prueba de la presencia de seguridad.
Cultura de Seguridad Resiliente
La montaña, al igual que entornos industriales críticos, rara vez te da un aviso previo “amable”. Una capa débil no cruje bajo tus esquís… hasta que lo hace.
Para combatir esto, debemos pasar de una cultura de seguridad reactiva a una Cultura de Seguridad Resiliente, donde se premia el “parar la cadena” (o darse la vuelta en la montaña) ante la más mínima duda.
El mejor tributo a quienes nos han dejado es aceptar que todos somos falibles. Su pérdida nos enseña que el conocimiento técnico es necesario, pero la gestión emocional y cognitiva de nuestras decisiones es lo único que nos salva.
Que su memoria nos sirva para ser más prudentes, más analíticos y, sobre todo, para recordar que, en la seguridad el exceso de confianza es el primer paso hacia el abismo.
Como personas sensibles con la seguridad, no podemos quedarnos en el duelo. Tenemos la obligación ética de transformar el dolor en cultura de seguridad. Si Jorge dedicó su vida a compartir conocimientos sobre meteorología y nivología, para que otros estuviéramos a salvo, nuestro deber es llevar ese análisis hasta sus últimas consecuencias.
Debemos desterrar para siempre la palabra “fatalidad”. En la gestión de riesgos, la “fatalidad” es el nombre que le damos a nuestra incapacidad de comprender el sistema.
El experto no muere por ignorancia, sino por una confianza que la naturaleza, tarde o temprano, decide no validar.
Hago un llamamiento a todos los clubes, federaciones, empresas de turismo activo y responsables de seguridad industrial para que implementemos tres pilares de cambio para mejorar la cultura de seguridad:
1.- FOMENTAR EL JUICIO CRÍTICO (El derecho al disenso): En un grupo, el silencio ante una duda es el preludio del accidente. Debemos educar a nuestros compañeros y empleados para que cuestionen al “líder”, para que la seguridad sea un diálogo y no sumisión a una jerarquía.
2.- APRENDER DEL «SUSTO»: Cuando se produce el accidente ya es tarde. No esperemos a que la placa se rompa. Debemos registrar y analizar cada vez que estuvimos cerca del límite. En la industria, esos casi accidentes se llaman “Cuasi accidentes”, “Close Calls” o “Near Misses”. En la montaña son lecciones de vida y hay que analizarlas. Compartirlas no nos hace peores o menos “expertos”. Nos hacen ser más sabios.
3.- ACEPTAR LA INCERTIDUMBRE: La seguridad absoluta es un espejismo. La humildad no es una actitud moral. Es un protocolo de supervivencia. Decir “no lo sé” u “hoy nos damos la vuelta” es la decisión más técnica y profesional que existe. La falsa certidumbre mata.
La formación no termina nunca. Debemos, como comunidad, “dejar de convertir en tabú” el análisis de estos accidentes y hablar abiertamente de los errores de pensamiento y comportamiento que nos llevan a ellos.
Los análisis de accidentes son herramientas vitales. Estudiar casos reales, enseñar patrones de peligro, y recalcar la importancia de una planificación rigurosa y del uso correcto del equipo de emergencia.
La montaña no es un enemigo, pero es un medio implacable que no negocia. La mejor manera de rendir homenaje a quienes han perdido la vida en la nieve es internalizar que la experiencia debe ir siempre de la mano del respeto más profundo, la preparación más meticulosa y la máxima humildad para dar media vuelta cuando sea necesario.
El riesgo no disminuye con la experiencia; se transforma. El mayor peligro deja de ser la ignorancia y se convierte en exceso de confianza y la heurística sesgada.
Aprender del peligro de los aludes nos ofrece un modelo magistral para entender el fracaso de la toma de decisiones en cualquier ámbito de riesgo, especialmente el industrial.
Honrar a todas las víctimas de estos accidentes evitables significa: Construir sistemas que contrarresten nuestros sesgos naturales. Formar en factores humanos, ir más allá de los manuales de técnica, que también son necesarios. Entrenar en conciencia situacional, gestión del riesgo y técnicas para desafiar la autoridad cuando la seguridad está en juego. Incidir en los protocolos de Doble Verificación. Implementar procedimientos como el de “Los tres minutos de pausa”.
Una herramienta de seguridad conductual, diseñada para prevenir accidentes antes de iniciar una tarea de alto riesgo, que consiste en efectuar una pausa deliberada para revisar los planes y los riesgos, tal como se debe hacer al enfrentar una pendiente sospechosa.
Un ejemplo breve de la técnica de “Los tres minutos de pausa” para terreno nevado, apoyada en un “Método 3×3”, puede consistir en:
1.- Minuto de Observación. Las condiciones ¿Qué me rodea? ¿Qué veo?
Detente por completo y observa el entorno. No pienses en la “producción”, en el descenso por una ladera virgen o en la cima, sino en las condiciones del entorno.
- Identifica peligros visibles: superficies heladas, cornisas, viento fuerte…
- Verifica si hay otros grupos o personas trabajando en la misma área que puedan interferir.
- Detecta signos de alarma: Busca señales de inestabilidad en el manto nivoso. Subida de temperatura. ¿Hay grietas recientes en la nieve o sonidos de “whumpfs” (colapsos de capas)?
- Busca actividad reciente: ¿Ves restos de avalanchas frescas o nieve transportada por el viento formando placas?
- Observa el clima: Evalúa si el sol está calentando la nieve rápidamente o si la visibilidad está empeorando.
2.- Minuto de Evaluación. El Terreno ¿Qué puede salir mal? ¿Dónde estoy?
Evalúa si la pendiente por la que vas a transitar es propicia para un alud. Analiza la tarea específica que vas a realizar y los riesgos asociados.
- Riesgos críticos: ¿Hay riesgo de caída de piedras? ¿Hay cobertura telefónica? ¿Podría volar un helicóptero de rescate?
- Estado mental: ¿Estás distraído, fatigado o con prisas? El factor humano causa la mayoría de los incidentes.
- Inclinación: ¿Estoy en una pendiente de entre 30° y 45°? ¿Qué pendientes recomendaba el BPA?
- Configuración: Identifica “trampas de terreno” como barrancos, árboles o rocas que podrían agravar las consecuencias si eres arrastrado.
- Puntos de decisión: Determina si hay una ruta alternativa más segura por lomas o zonas de menor pendiente. ¿En qué orientación estoy y en cuál me voy a mover?
3.- Minuto de Acción. El Grupo y Equipo ¿Estamos listos? ¿Cómo lo haré seguro?
Asegúrate de tener todo bajo control antes de mover el primer dedo. Prepara al equipo para el cruce del tramo crítico:
- Equipo de Protección Individual (EPI): Confirma que todos llevan el Detector de Víctimas de Avalanchas (DVA) encendido en modo emisión, además de pala y sonda.
- Procedimientos: Repasa mentalmente el paso a paso de tu “tarea principal”: cruzar una zona con riesgo.
- Autorización: Si algo no parece seguro, tienes el derecho y la obligación de detener esa “tarea”. ¿Quién te lo impide?
- Protocolo de cruce: No cruzamos la zona expuesta todos a la vez. Pasamos de uno en uno manteniendo distancias de seguridad para que, en caso de alud, solo una persona se vea afectada y las demás puedan rescatarla.
- Protocolo con el equipamiento: Suéltate las correas de los bastones y de la mochila para evitar que te hundan en la nieve.
Decisión final: Si tras estos tres minutos la duda persiste, no entres. La seguridad se basa en esta premisa: “una retirada a tiempo… es una victoria”.
Jorge nos deja su último y más duro boletín de avisos. No está escrito en su blog, sino en el silencio de las laderas de Panticosa. Su mensaje es claro: “Estudiad, preparaos, pero nunca os creáis por encima del riesgo”.
Hoy, más que nunca, reivindicamos una montaña “segura”. No lo estamos haciendo bien. Es necesario trabajar en prevención de forma diferente. Es imprescindible construir una cultura de seguridad madura, crítica y, sobre todo, humilde.
Por Jorge, por Natalia y por Eneko. Por todos nosotros.
Firmado: ALBERTO AYORA HIRSCH
Esta serie de artículos La seguridad que viene es un pequeño homenaje a Jorge García-Dihinx, alguien que se atrevió a innovar. Pero también a que su memoria nos haga reflexionar y mejorar. A reconocer que no poseemos la verdad absoluta, y que siempre debemos estar abiertos a nuevos aprendizajes y perspectivas.
