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«El debate sobre la IA y el empleo suele plantearse como una ruptura inédita. Sin embargo, la historia del trabajo demuestra que el problema nunca ha sido el cambio, sino cómo las sociedades lo atraviesan»

Cuando la agricultura dejó de necesitar manos, no llegó el vacío.

Durante la mayor parte de la historia, la humanidad ha vivido de trabajar la tierra. Y, sin embargo, ese mundo desapareció. Los datos son elocuentes: en la era paleolítica, nadie se dedicaba a la agricultura. En 1810, más del 80% de la población de Estados Unidos trabajaba en el campo. Dos siglos después, apenas lo hace el 1%. No fue una transición suave ni romántica. Fue abrupta, conflictiva y profundamente transformadora.

¿Qué ocurrió? Las máquinas sustituyeron buena parte del esfuerzo humano y la producción de alimentos se disparó. La comida se volvió más abundante y más barata que nunca. Hoy nadie compara el precio del pan con el de 1700. Y, probablemente, dentro de unas décadas nadie comparará el precio de los bienes materiales con el mundo previo a la robótica y a la IA.

Pero los humanos no se quedaron esperando a que el sistema colapsara. Cuando la agricultura dejó de necesitar manos, no llegó el vacío. Aparecieron las fábricas, los oficios industriales y, más tarde, el trabajo de oficina, que marcó buena parte del siglo XX. Trabajos que antes no existían y que nadie habría sabido describir antes del cambio.

Ese patrón se repite una y otra vez: cuando una forma de trabajo desaparece, nacen nuevas actividades que antes no existían y que solo se hacen visibles después del cambio.

Por eso conviene ser prudentes ante ciertas promesas contemporáneas. En los últimos años ha ganado presencia la idea de una renta básica universal, defendida por algunos economistas, tecnólogos y líderes del sector digital como respuesta a una supuesta desaparición masiva del empleo provocada por la IA. La propuesta, en términos generales, consiste en garantizar un ingreso mínimo a toda la población, trabaje o no, como red de seguridad ante un mercado laboral en transformación.

Soy escéptico con la idea de que esta solución vaya a surgir de forma natural como consecuencia del avance tecnológico. No porque el debate no sea legítimo, sino porque históricamente estas medidas no han aparecido como motores de progreso, sino como mecanismos de contención social. Ya sea bajo la forma de un “pan y circo” moderno o de dividendos garantizados vinculados a la riqueza colectiva, suelen responder más al miedo al conflicto, que a un proyecto claro de futuro.

No es casualidad que el sistema moderno de pensiones naciera en la Alemania de Bismarck para desactivar las tensiones sociales provocadas por una industrialización acelerada. El matiz es importante: no fue “gracias a” la industrialización, sino “para contener” sus efectos más disruptivos. La tecnología avanzaba más rápido que la capacidad de la sociedad para absorber el cambio.

¿Y si ahora la IA sustituye una parte sustancial del trabajo administrativo, repetitivo y cognitivo de bajo valor? Es muy probable que ocurra. Pero aquí está el punto clave: la IA no elimina el trabajo humano, lo desplaza hacia aquello que sigue siendo relevante. Y lo relevante, por definición, es lo humano.

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