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La Guardia Civil de montaña interviniendo en un alud. FERNANDO RIVERO/GREIM

Como me sucedió a mí, aproximadamente la mitad de las personas que han sufrido accidentes por avalanchas en los últimos años tenían experiencia y cierta formación en montañismo invernal. Pero no somos “expertos”.

Hablar de “expertos” genera una falsa sensación de seguridad: parece insinuar que unos están protegidos por su bagaje de experiencia, mientras otros están expuestos por su ignorancia. La dinámica de los accidentes no funciona así.

Se puede ser experto… en hacer las cosas mal. La repetición de una conducta insegura, sin consecuencias, refuerza la creencia de que dicha conducta es correcta. No es experiencia: es adiestramiento en el error. Los que más nos exponemos al riesgo, los supuestos “expertos”, somos también los que más “falsos positivos de seguridad” podemos acumular. Y cuantos más falsos positivos, más se normaliza el riesgo.

En gestión de seguridad industrial hablamos de normalización de la desviación: prácticas que se alejan progresivamente del diseño seguro original porque “nunca ha pasado nada”. En montaña ocurre exactamente lo mismo, pendientes que se esquían habitualmente, itinerarios clásicos, decisiones avaladas por la experiencia del grupo, boletines interpretados como permisos implícitos. Cada jornada sin consecuencias refuerza la creencia de que la decisión fue correcta, cuando en realidad solo fue compatible con ese contexto concreto. El día que las condiciones cambian, y siempre cambian, el sistema falla de forma abrupta.

“Falsos positivos”, la trampa del “experto”

La nieve, como cualquier sistema complejo, no ofrece certezas binarias. No existe el “seguro o peligroso” como categorías absolutas. Lo que existen son probabilidades. El problema es que el cerebro humano, especialmente el del montañero experimentado, tiende a convertir probabilidades en certezas cuando acumula experiencias previas exitosas. Ahí nace el “falso positivo” y, con el tiempo, una especie de creencia en la invulnerabilidad y la ilusión de control en la montaña: la “trampa de los expertos”.

Un “falso positivo” en montaña ocurre cuando identificas un peligro potencial (ej.: una pendiente sospechosa, un manto de nieve inestable), decides transitarlo aplicando tu juicio experto y nada sucede. Llegas sano y salvo.

El cerebro no registra este resultado exitoso como “tuve suerte esta vez” o “mi evaluación fue ajustada al límite”, sino como “mi criterio era correcto”, “qué bueno soy”. Cada falso positivo valida y refuerza el patrón de decisión, incluso si el grado de riesgo era muy alto.

El problema es que los “expertos” acumulan miles de estos falsos positivos a lo largo de los años. Cada vez que “pasan” sin consecuencias, su cerebro refuerza la idea de que su juicio es infalible. Aquí reside el núcleo de la “trampa del experto”: la habituación a los falsos positivos.

Y es que la montaña es un entorno de aprendizaje “perverso” (wicked learning environment).Un concepto desarrollado por el psicólogo Robin Hogarth para describir situaciones donde la experiencia no garantiza la mejora del desempeño, sino que puede, de hecho, reforzar lecciones erróneas.

Un entorno que se caracteriza por una retroalimentación asimétrica, sesgada o tardía. Un ambiente en el que puedes obtener un “feedback” donde las decisiones correctas (evitar una pendiente peligrosa) no ofrecen una recompensa visible o inmediata, haciendo que la precaución parezca innecesaria. O un “feedback” (ir a pesar del riesgo y tener un “descenso épico”) que refuerza falsamente la decisión incorrecta.

La recompensa “positiva” inmediata oculta el peligro real y futuro, lo que lleva a las personas a sobreestimar sus posibilidades y subestimar el riesgo en el futuro.

Un ciclo de malos hábitos, la experiencia que aumenta la exposición al riesgo

Esto crea un ciclo peligroso donde la experiencia, en lugar de mejorar la toma de decisiones, refuerza malos hábitos y una confianza injustificada, un sello distintivo de los entornos de aprendizaje perversos. El problema por lo tanto no es la experiencia. Es cómo se interpreta. La experiencia solo es valiosa si aumenta la duda, no la certeza. Si incrementa la capacidad de renunciar, no la confianza en continuar.

Cuando ocurre lo contrario, la experiencia deja de ser un factor protector. Y la experiencia se convierte en un multiplicador de exposición al riesgo.

Si llamamos experto a quien sobrevive, estamos confundiendo resultado con calidad de decisión. Y eso, en montaña y en la vida, es una trampa mortal.

No es una cuestión de suerte. Ni de títulos. Ni de experiencia acumulada. Es una cuestión de cómo se decide bajo incertidumbre, especialmente cuando el entorno lleva tiempo siendo indulgente con nosotros.

La realidad es que los accidentes en montaña son fallos de toma de decisiones bajo incertidumbre en sistemas complejos. Los accidentes graves no son un golpe de “mala suerte”. Son, con frecuencia, la consecuencia final de una cadena de decisiones, juicios y sesgos cognitivos que, en su contexto, parecían lógicos. La “trampa del experto” que atrapa a montañeros veteranos es la misma que opera en el operario de una planta, el conductor de maquinaria pesada o el técnico de mantenimiento.

Los estudios de accidentes muestran que los expertos no cometen menos errores, sino errores diferentes, tales como exceso de confianza, presión autoimpuesta por objetivos o dificultad para dar marcha atrás cuando “todo encaja”. En la industria, esto se traduce en decisiones operativas bajo presión de producción, jerarquías que inhiben la discrepancia o confianza excesiva en procedimientos estándar fuera de contexto.

Los últimos accidentes son un ejemplo claro de lo que los especialistas en seguridad denominamos la “trampa del experto”. Esta no es una cuestión de “mala suerte”, sino un sesgo psicológico que se construye con el tiempo. Se fundamenta en tres pilares peligrosos:

1.- La ilusión de control: Hacer mucha actividad y experiencias exitosas generan la sensación de tener el dominio sobre el entorno. Las estadísticas no miden cuántas veces hemos tenido “suerte”.

2.- La creencia en la invulnerabilidad: Se tiende a pensar que las normas básicas de seguridad son para otros, para los menos experimentados. Se dejan de lado protocolos esenciales por considerarlos innecesarios, y no se lleva el material básico como el DVA, la pala y la sonda. Un lujo que la montaña no perdona.

3.- La presión de las expectativas: Especialmente relevante para guías y líderes, la sensación de tener que cumplir con un plan o las expectativas del grupo puede llevar a asumir riesgos incrementales en situaciones ya de por sí complejas.

Firmado: ALBERTO AYORA HIRSCH 

Esta serie de artículos La seguridad que viene es un pequeño homenaje a Jorge García-Dihinx, alguien que se atrevió a innovar. Pero también a que su memoria nos haga reflexionar y mejorar. A reconocer que no poseemos la verdad absoluta, y que siempre debemos estar abiertos a nuevos aprendizajes y perspectivas.

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