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Alud en el tubo de la Zapatilla, en Candanchú, en una imagen facilitada por el autor del artículo.

Conocí a Jorge García-Dihinx poco tiempo después de publicar mi libro de Gestión del Riesgo en montaña y actividades al aire libre (Ed. Desnivel, 2008). Por aquel entonces Jorge ya tenía su blog de La meteo que viene, y un buen número de seguidores por su forma cercana y familiar de “traducir” los pronósticos meteorológicos. Recuerdo que quedamos una ventosa tarde en Zaragoza y le regalé el libro. Le dije que intentara ayudarme a construir una cultura de seguridad, y que no quería que hiciera publicidad del libro en el blog. No le regalaba el libro con esa intención. Solo le pedí que intentara transmitir la importancia de la prevención y seguridad en nuestras actividades.

Desde entonces coincidimos y debatimos sobre seguridad en diversas ocasiones. Y no siempre compartimos el mismo punto de vista. Es la riqueza del pensamiento crítico y lo que debe ser humildad intelectual. Hace unos años, estando de coronel en la Academia de Logística de Calatayud, le invité a dar una conferencia sobre nutrición a todo el personal civil y militar de este centro de enseñanza. Ante un salón de actos con más de 800 personas desmontó algunos mitos y compartió sus investigaciones. Impresionó.

Esta serie de artículos La seguridad que viene es un pequeño homenaje a alguien que se atrevió a innovar. Pero también a que su memoria nos haga reflexionar y mejorar. A reconocer que no poseemos la verdad absoluta, y que siempre debemos estar abiertos a nuevos aprendizajes y perspectivas.


En enero de 1993 haciendo esquí de montaña en el valle de Estós sobreviví a mi primer alud de nieve que, como sucede en la mayoría de las ocasiones, fue un alud que yo mismo provoqué. No fue algo “extraordinario”. No apareció “repentinamente”. No nos “sorprendió”. No fue “mala suerte”.

Como sucede en la mayoría de las ocasiones, nosotros sobrecargamos el manto nivoso, una capa colapsó, y el alud de placa se desencadenó y nos arrastró.

Tres años después, en 1996, afrontaba un ochomil por primera vez en el Karakorum. El aerosol de un enorme alud de nieve polvo, que se desencadenó cientos de metros por encima de nosotros en el Hidden Peak, nos alcanzó y nos cubrió.

Afortunadamente sobrevivimos en ambas ocasiones. La diferencia es que en el último caso íbamos al rescate de un compañero. Sabíamos que podía suceder y asumimos el riesgo. Tampoco “nos sorprendió”. En el alud que desencadenamos nosotros en los Pirineos, estábamos en el lugar y la hora que no teníamos que estar.

Tenía formación, y cierta experiencia, pero cometimos varios errores que analizo en mi libro sobre la gestión del riesgo y que he compartido públicamente. Si hubiéramos fallecido seguro que se hubiera dicho que éramos “expertos”, o que éramos “federados” y que habíamos tenido “mala suerte”. Nadie explicaría el porqué del accidente.

Puede comprenderse en el ánimo de quien inocentemente busca dar consuelo a los seres queridos, pero invalida la búsqueda de sentido.

Por desgracia me ha tocado personalmente explicar cómo han fallecido amigos en la montaña y dar la noticia a sus familiares. Mi labor no ha sido darles la “respuesta” de por qué murió su ser querido, sino acompañarlos mientras ellos intentan encontrarla. En el duelo traumático por accidente, los familiares quieren saber las causas. Decir que fue “mala suerte” interrumpe ese proceso necesario de entendimiento. El error del político, el periodista, y de muchas personas es que “cierran el caso” con la etiqueta de la “mala suerte”, dejando a la familia sola al día siguiente en un vacío de explicaciones.

Mientras que la familia busca un sentido humano, y en ocasiones justicia, el discurso público busca estabilidad y protección institucional, lo que genera esa desconexión tan dolorosa entre la realidad de las víctimas y las declaraciones oficiales.

Para un político, admitir que un accidente ocurrió por errores humanos abre la puerta a posibles demandas y a crisis reputacionales. La “mala suerte” para él se convierte en su escudo. Si el evento lo achaca a que es fruto del azar, nadie es culpable.

Los periodistas, a menudo, operan bajo una presión de tiempo extrema y sin entender el fenómeno sobre el que tienen que escribir. Atribuir un suceso a la “mala suerte” o a una “tragedia fortuita” es una forma rápida de narrar lo sucedido sin esperar a los peritajes técnicos, que pueden tardar más tiempo del que disponen. Por eso, muchas veces, tienden a llamar “accidente” (implicando azar) a acontecimientos perfectamente explicables y que podrían haberse prevenido.

En el fondo subyace un intento colectivo de mantener un cierto orden social. Las catástrofes generan inestabilidad y miedo en la población. Si un tren descarrila la gente siente que todos los trenes son peligrosos. Al decir que fue un evento de “mala suerte” se intenta transmitir que el sistema sigue siendo seguro y que lo ocurrido es una excepción estadística, uno entre un millón, que no debería repetirse.

Avanzar en el aprendizaje

Desde hace muchos años cuando ocurre un accidente grave en la montaña, y más cuando afecta a amigos y conocidos, siempre me afectan profundamente. Y tengo muy integrada una reflexión: ¿Qué podía haber hecho yo para evitarlo? ¿Qué puedo hacer yo para impedir hechos similares en el futuro? ¿Cómo ha podido suceder?

Y es que me esfuerzo en que mis hijos, mis amigos, que quienes amamos la montaña, no sufran ni suframos accidentes previsibles y que podían haberse evitado. Ese es el primer atisbo de la inteligencia, individual y colectiva, buscar y usar información para sobrevivir.

Y ese objetivo, sobrevivir, es la semilla de la intencionalidad, que a su vez es el comienzo de la inteligencia. De los seres inteligentes. De quienes la intención de disfrutar su pasión, vivir y llegar a la senectud con plenitud. De los sistemas que perciben el mundo, actúan en consecuencia y actualizan constantemente su comportamiento.

Accidente tras accidente, las primeras palabras que se pronuncian, en medios de comunicación o en declaraciones institucionales de responsables políticos, se llenan de esas frases recurrentes que anulan cualquier aprendizaje. No explican las verdaderas causas. Son excusas narrativas. Sirven para cerrar el tema rápido, no para entenderlo. Pero marcan el relato y obstaculizan cualquier intención de profundizar en el porqué. Es el silencio de la verdad y la muerte de la inteligencia.

Se condiciona cómo la sociedad entiende el riesgo. Y dificulta avanzar en el aprendizaje… para evitar más muertes en el futuro.

Las frases hechas que se usan habitualmente aparentemente tranquilizan, pero desinforman. Y en entornos de riesgo, desinformar tiene consecuencias muy graves.

“Eran expertos”. “Qué mala suerte”. Siempre es igual. Tras el accidente una ola de “experiencia y expertos en todo” nos invade: “Expertos” periodistas, “expertos” políticos, “expertos” presidentes de clubes y federaciones de montaña, “expertos” montañeros, “expertos” comentaristas en redes sociales… “expertos” en lo que no se sabe.

Un jurado popular dictando veredicto. Un tribunal implacable señalando culpables, declarando inocencia o emitiendo juicios morales. Juicios prematuros e infundados. “Eran unos inconscientes”. “Hay que cobrarles el rescate”.

La experiencia no garantiza la seguridad

La experiencia no garantiza la seguridad. Porque la experiencia no mide el grado de exposición al riesgo, ni una mejor gestión de la incertidumbre. Avala, como mucho, cuántas veces se ha sobrevivido a decisiones pasadas. Nada más.

Los “expertos” no somos infalibles. Y somos víctimas de las “trampas” a las que nos enfrentamos en nuestras decisiones. Porque por muy expertos que seamos nos equivocamos. Y no es mala suerte.

Si tras leer una noticia de accidente el lector solo piensa: “Qué mala suerte” o “A mí no me pasaría” entonces hemos fracasado como comunicadores.

La función del periodismo o del político no es consolar ni sentenciar, sino ayudar a comprender el riesgo real. Porque cada excusa repetida es una lección perdida. Y en montaña, y en la vida, las lecciones que no se aprenden… se repiten.

Informar sobre un accidente de montaña no es solo narrar un suceso: es construir cultura de riesgo. ES EVITAR MUERTES EN EL FUTURO.

Los seres vivos sobreviven prediciendo el futuro, prediciéndose a sí mismos y prediciéndose entre sí. TRABAJANDO EN EQUIPO.

Más que la brillantez individual, lo que se necesita es inteligencia de equipo. Inteligencia que se construye a través de la confianza, que es fundamental para la INTELIGENCIA COLECTIVA. La confianza permite que la información fluya libremente y crea la SEGURIDAD PSICOLÓGICA, donde los miembros del equipo realmente comparten conocimientos, exponen abiertamente “cómo lo ven”, admiten errores, y si es necesario renuncian y se dan la vuelta. Por eso los equipos cohesionados son más seguros que grupos de gente que se juntan ocasionalmente para una actividad.

La verdadera experiencia no es acertar siempre. Es dudar incluso cuando todo parece claro. Es aceptar que podemos equivocarnos, que nuestros modelos mentales son incompletos, que la intuición también se sesga, y que la seguridad no se basa en haber sobrevivido muchas veces, sino en reducir sistemáticamente la exposición al error.

No existe la mala suerte, pero tampoco existe el control total. Entre ambos extremos está la única posición honesta: la humildad frente a un riesgo que nunca desaparece.

Recuerdo que cuando publiqué el libro de gestión del riesgo en montaña muchos titulares recogieron un axioma: el riesgo cero no existe. Hoy afortunadamente ya se repite habitualmente.

Las mejoras son lentas y silenciosas. Las catástrofes son rápidas y ruidosas. Por eso los titulares ignoran las primeras y destacan las segundas. Hay que ser valientes si queremos mejorar. Si queremos evitar muertes innecesarias.

La sinceridad y lo “políticamente incorrecto” no debieran estar reñidos con la verdad, ni con coartar a una sociedad que necesita aprender y mejorar. Para sobrevivir.

Firmado: ALBERTO AYORA HIRSCH
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