«Es lógico y deseable que los planteamientos del feminismo estén muy presentes en el ciclo electoral que ahora comienza»

Elecciones generales en Jaca de 2019. EL PIRINEO ARAGONÉS
Desde que en 1931 se aprobó en España el derecho al voto de las mujeres con la oposición de quienes pensaban que serían demasiado influenciables, éste ha sido siempre minusvalorado y discutido.
El estudio, realizado a partir de 27.000 encuestas sobre la intención de voto en la campaña electoral de 2023, mostró que el 44,1% de las mujeres eligieron partidos de izquierdas (PSOE+Sumar), mientras que por la alternativa de derechas lo hicieron el 31,4%. Esta distancia de casi 13 puntos se reducía entonces a poco más de 1 punto entre los varones.
No es descabellado pensar que el giro a la derecha que indican los sondeos actuales tenga que ver con la modificación del criterio femenino ya que ellas representan el 51% del electorado español y su voto es, por tanto, definitivo.
¿Por qué se produce ese cambio? En 2017 las reivindicaciones feministas repuntaron con el Movimiento Me Too (Yo también) de denuncia de los abusos sexuales a mujeres en EE.UU. En España, esa corriente caló de inmediato y los partidos, especialmente los de izquierdas, respaldaron los criterios del feminismo.
Sin embargo, algunas noticias recientes sobre acosos desencantan hoy a muchas mujeres (las referencias a ellas en los audios de Ábalos dañan más al PSOE que la corrupción económica por las mordidas) y han hecho que ellas puedan, con razón, acusar de hipocresía a los dirigentes de izquierdas, quienes dicen tomar medidas contundentes contra las agresiones cometidas, pero que, en todo caso, son escasas y se producen con demasiado retraso.
Por otra parte, tanto la postura de Vox, que plantea mil interrogantes sobre la violencia machista y la desigualdad existente entre varones y mujeres, como la del PP, que pone dificultades para abortar en centros públicos de Madrid y demuestra desdén ante los problemas del cribado de cáncer de mama en Andalucía, resultan desalentadoras para quienes defienden los mismos derechos para todos.
Las mujeres progresistas se quejan, asimismo, de la falta de valentía de sus compañeros al dejarlas luchar solas cuando, si de verdad creyeran en lo que dicen, todos deberían estar en la primera línea de batalla contra la discriminación, dando así ejemplo de actitudes igualitarias. Ese compromiso de los varones podría animar a muchas de sus compañeras más jóvenes a “abrir los ojos”, dejar de lado los distintos tipos de indiferencia e implicarse mucho más en una política plenamente feminista.
Esta ausencia de coherencia y compromiso, presente en muchos varones y algunas mujeres, hace que la ventaja electoral que proporcionan a la izquierda la cerrazón de Vox y la tibieza del PP en la causa femenina quede diluida y puede provocar que la amenaza de que viene el lobo deje de ser eficaz.
No basta con expulsar a alguien de sus cargos y suspender su militancia en los partidos. Es necesario, además, exigir a las instituciones y a las empresas la elaboración de protocolos que impidan actitudes machistas y comportamientos vergonzosos. Es preciso también, reclamar a las administraciones los recursos necesarios para que esas normas puedan ser puestas en práctica con eficacia. Y, sobre todo, es imprescindible que los medios de comunicación (cine, redes, etcétera.) creen conciencia social sobre las múltiples dificultades que pueden afectar a las mujeres.
Esos problemas son complejos ya que la discriminación de género se entremezcla habitualmente con la racial, la religiosa y, en especial, con la económica. Consecuentemente, las respuestas rápidas y resumidas en lemas pegadizos no solo no resuelven aquellas dificultades, sino que crean dilemas tan confusos que desalientan a la ciudadanía de su participación en la búsqueda de soluciones.
Ante este panorama, es lógico y deseable que los planteamientos del feminismo (denuncias de abusos, persecución implacable a la violencia machista, derechos de las mujeres como el aborto, lucha contra la brecha salarial de género, etcétera) estén muy presentes en el ciclo electoral que ahora comienza. Los electores, por nuestra parte, deberíamos estar atentos para examinar con rigor tanto la actuación de los diferentes líderes como sus análisis y propuestas, no sea que, por salir de Guatemala, vayamos a Guatepeor.
En conclusión, cabría reclamar más coherencia en los partidos, más intolerancia con los comportamientos inadecuados y, en definitiva, dejar de usar el feminismo como un accesorio obligado de los programas electorales, cuando es el factor de avance social más importante de nuestro tiempo.