125 AÑOS
Noviembre 1900

Congreso sionista en una imagen de archivo.
Se ha celebrado en Londres hace muy poco tiempo un congreso titulado del Sionismo, con asistencia de más de dos mil personas y el concurso de seiscientos delegados de todas las naciones, especialmente de Rusia, en donde la raza judía es actualmente numerosa.
En aquella asamblea han pronunciado notables discursos Max Nordau y Mr. Herzl, haciendo Max la apología del emperador Guillermo como protector del judaísmo.
El objetivo que persiguen los sionistas es, no solo formar una sociedad judía mediante una inmigración regular, sino también llegar a trasformar la organización económica actual de aquellas; es decir, intentan hacer del pueblo mercantil que existe diseminado por el mundo entero, un pueblo agricultor, industrial y laborioso.
A pesar de esto, los sionistas no constituyen un partido que haya de influir en la organización de los Estados; se puede ser sionista y pertenecer a cualquier facción política; es una especie de masonería a la moderna sin ceremonias estrambóticas ni juramentos ridículos; es la lucha por la existencia tan arraigada entre los judíos, y por eso se compone principalmente de individuos pobres, oprimidos y gentes que obedecen exclusivamente a la inspiración del judaísmo.
Ahora bien, ¿cuál ha sido el origen de esa especie de religión moderna? Un escritor que tenemos a la vista lo explica de este modo:
“El pueblo judío no ha podido olvidar su antigua patria, que fue testigo de su poderío y su grandeza. Sus recuerdos de Jerusalén y de las montañas de Sion son los cimientos mismos de su fe. Hacia 1860 y 1870, Israel prestábase a renunciar a su pasado al ver que varios Estados europeos brindaban a sus hijos los mismos derechos que el resto de los ciudadanos. Pero surgió el antisemitismo, lleno de amenazas para Israel, y determinó que éste volviera al respeto de sus antiguas tradiciones y reconoció el error de no haberse dado a sí mismo, hace 1.800 años, una base, un centro, y de no haberse captado la confianza y el respeto de las demás naciones. Este error histórico, dijeron varios judíos, debe ser subsanado; ¿cómo?, regresando a su país, recobrando la patria abandonada. Eso es lo que quieren conseguir los sionistas” (…)
“Arguyen algunos que el israelita se ha fundido en la masa nacional distinguiéndose apenas por el culto a su religión; error insigne. El judío se ha beneficiado de todas las libertades políticas, fraternizando con los demás ciudadanos al amparo de las leyes administrativas; pero socialmente considerados, los israelitas constituyen en Francia un elemento independiente, aislado, infusible, digámoslo así, que mantiene exprofeso una nacionalidad dentro del Estado con ramificaciones exteriores, tendidas por encima de las fronteras políticas como una red inmensa de París a Londres, a Ámsterdam, a Francfort, a Viena, a Varsovia, a Odessa, a Constantinopla, al Asia, al África, a las Pampas Argentinas; en una palabra, a donde quiera que se halle un descendiente de Sem para anudar esos hilos misteriosos y resistentes que mantienen en comunicación a la esparcida tribu, cooperando bajo un mismo sentimiento a un propósito único; el dominio del mundo por el acaparamiento del oro. Recordemos aquellas palabras pronunciadas por el gran Rabino cuando hace pocos años celebraron los judíos en París el centenario de su emancipación. Decía aquel llevado de su entusiasmo oratorio: “formáis una raza aparte, un pueblo distinto de los demás pueblos…”.
Ahora bien; ¿conservarán por mucho tiempo los judíos ese predominio financiero y social, esa comunión íntima que les da tanta fuerza?
Parécenos que esa especie de autonomía en que han vivido durante tanto tiempo es precisamente el camino por donde les vendrá la muerte. Más de 50.000 judíos residen en París, y cien mil en el resto de Francia. ¿Cuántos ciudadanos serán los explotados? Casi puede asegurarse que el resto de los habitantes de aquel país. Esta la aristocracia celosa, la burguesía oprimida, el pueblo empobrecido; unos dicen heridos en sus sentimientos, otros en sus intereses”.
